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REHALA

REHALA

Por medio de este blog se pretende dar a conocer a todo aficionado al mundo de la caza y los perros,las rehalas que montería tras montería realizan esa labor tan poco valorada pero tan imprescindible en nuestras agrestes sierras.

UNA REHALA

UNA REHALA

No hay verdadera montería sin perros. Cuando se montea de verdad, es decir, con todos los elementos que el caso requiere, y entre ellos, y en lugar preeminente, varias rehalas punteras, éstas lo van diciendo todo. Lo van diciendo todo al que sabe escuchar, que no es fácil. Si sabe escuchar, aunque le haya tocado un puesto en que, por mala suerte, no haya tenido vista sobre el terreno, se habrá podido dar perfecta cuenta -siempre y cuando los perros sean de calidad- de todo cuanto ha sucedido en el día. Desde la hora en que se soltó hasta en la que se terminó la batida: de si ha habido interés o no, de si se ha tirado bien o mal, de si la caza ha corrido en dirección que convenía, de si se ha vuelto o de si no ha salido. En fin, de todo se habrá enterado y bien poco será lo que le puedan contar los que han tenido la suerte de presenciar el conjunto.

Veinte Años de Caza Mayor. Conde de Yebes.

EL PERRO DE REHALA

EL PERRO DE REHALA

El buen perro de rehala, sea cualquiera su clase, desde el puro podenco envelado y peliduro al de padres desconocidos y tipo inverosímil -que los dos pueden ser de punta-, requiere, entre otras, las siguientes características principales: fuerza, coraje, perseverancia, vientos y dicha. A cuál de ellas mas importantes, y si no las reúne es un perro incompleto.

Veinte Años de Caza Mayor. Conde de Yebes.

lunes, 8 de enero de 2018

Un chamois de honeymoon (II)

Como comentó Martin, por deferencia a los recién casados, el debut lo haríamos a una hora medio decente, la toma de contacto sería amaneciendo, una hora prudente para lo que podía haber sido. Entre dos luces salimos hacia el cazadero, por el camino no dejamos de ver corzos, el primero en una parcela de alfalfa en la misma cancela del caserío de Martin, un macho pequeño que solía andar por aquella zona. El corzo abunda por aquella zona si bien no hay buenos trofeos, había que cruzar la frontera en dirección a Hungría para hacerse con un buen elemento, eso si, si veíamos alguno que nos gustará dentro de "nuestra" área de caza, no habría problema alguno en tirarlo, pasando a posteriori por caja, por supuesto.

La pick up de Martin dispuesta para partir hacía el área de caza. 

No más de tres cuartos de hora es lo que tardábamos en llegar a la zona de caza. Martin, cazador organizado y minucioso, no daba un paso sin trazar un plan previo. El de aquel día, el primero de caza, lo tenía claro. Dejaríamos su pick up en la falda del cazadero y poco a poco subiríamos recechando hasta la zona más alta, justo en la frontera entre los distritos de Sankt Veit an der Glan y Wolfsberg, a unos 2.000 m de altitud. Tanto a Cristina, como a mi, se nos salían los ojos de sus órbitas disfrutando de aquel impresionante paisaje tan verde y húmedo. Estábamos a mediados de Agosto y el campo era una maravilla.

Camino del cazadero pasamos cerca del famoso castillo de Hochosterwitz.

Rápidamente nos pertrechamos con lo mínimo e imprescindible para que el rececho fuese cómodo. La ropa justa, pronto sobraría. Una pequeña mochila, los prismáticos y el rifle. A pesar de la falta de credibilidad por mi parte en el trípode de Martin, insistió en que lo llevaría pues según me comentó podía sernos de mucha ayuda en caso de que el tiro tuviese que efectuarlo de abajo hacía arriba, además es un buen apoyo que siempre se agradece en la montaña a la hora de subir y bajar.

Vista aérea de nuestra área de caza.

Ya sobre el terreno, y cuando la espesura arbórea nos permitió ver la orografía del terreno, Martin, nos detalló su plan para esa primera jornada, además nos explicó cuales eran los límites perimetrales de su área. A medida que fuésemos subiendo en altura, la presencia de vegetación iría disminuyendo para prácticamente reducirse a una mínima alfombra arbustiva en la zona más alta. Cristina y yo fuimos rápido conscientes de como tendría que estar de nieve todo aquello en época estival.

Cristina, tras Martin, iniciando el rececho por la zona de arbolado.

Martin, experto guía, sabía perfectamente el perfil de quien llevaba tras él recechando, para alguien con su experiencia era sencillo catalogar a quien debía llevar a cazar en esta ocasión. Dos jóvenes que sabían bien de que iba este tipo de caza y que más la ilusión que sus propias piernas, serían lo que los llevaría hasta donde hiciera falta trasponer en busca del rebeco alpino.

Desde el inicio del rececho fuimos escudriñando cada palmo del terreno. 

Con periódicas paradas fuimos escudriñando cada rodal de aquel impresionante cazadero hasta que conseguimos llegar a lo más alto, a la frontera con el distrito de Wolfsberg. Fue en lo más alto donde hicimos la parada más larga. La ausencia de rebecos en todo el trayecto tenía desorientado a Martin, no podía creer que en todo ese rato que había transcurrido desde que dejamos el coche hasta que llegamos a lo alto de aquella cordillera aun no hubiéramos visto ni un bicho. La querencia en aquella zona es que las piaras se fuesen moviendo conforme avanzaba la mañana desde el área lindera por el norte hacía la suya, pero la realidad es que allí no había ni rastro de ningún chamois.

Cristina no cesó en su empeño de dar con los rebecos.

Tras algunas fotos para el recuerdo en las inmediaciones de la cima Ladinger Spitz (2.079 m), comenzamos a descender refugiándonos en cada pequeña formación rocosa para registrar con los prismáticos cada rincón de aquellas montañas. Martin no era capaz de admitir que nos estuviera costando tanto dar vista a algún rebeco tras haber recorrido ya tanto terreno y ser tres los que nos estábamos dejando la vista en aquellas laderas. Llegó a comentarnos hasta que podía deberse a la presencia de lobos por la zona, pues no daba crédito a lo que estaba ocurriendo.

Martin, incansable, no cesó en su empeño durante toda la mañana.

Pues si, costó, pero finalmente conseguimos ver los primeros rebecos, lejos no, lejísimos, y fuera de nuestra área de caza, pero por fin aparecieron. Cristina y yo temblamos de emoción, por fin los veíamos aunque fuese a tanta distancia. Martin echo mano del catalejo para poder evaluar el trofeo. Eran varios machos, alguno cumplía con creces el perfil de lo que buscábamos pero su localización y lo tranquilos que se hallaban pastando hizo que lo descartáramos como una opción real para esa jornada de mañana.

Para poder valorar mejor los rebecos, Martin, se ayudó del catalejo. 

Continuamos descendiendo, las paradas seguían siendo continuas, eso si mucho más cortas. De nuevo otra piara de rebecos, estos mas próximos y mucho más accesibles. Decidimos aproximarnos para poder verlos mejor y aclarar si entre ellos alguno merecía la pena. Efectivamente iban careando como Martin nos explicó, venían hacía su área de caza, si bien algunos estaban echados rumiando y lo más normal es que sestearan allí hasta la tarde en que volvieran a iniciar su usual careo.

Un terreno complicado, poca protección para evitar ser descubiertos. 

Decidimos retirarnos, dejarlos allí tranquilos y volver por la tarde a ver si habían entrado ya en el área de caza de Martin. Por ello comenzamos la vuelta hacía el coche, un suculento almuerzo nos estaba esperando en Gut Keutschachhof. En la vuelta, mas relajados y comentando cual sería el plan para la tarde vimos un par de rebecos bastante buenos, uno nos sorprendió y apenas pudimos ver su trofeo pero por la zona desde donde nos salió y las hechuras del animal, Martin nos dijo que era un gran ejemplar que tenía visto. El segundo rebeco que vimos, aunque también nos vio, antes que nosotros a él, intentamos hacerle una rápida entrada pues a Martin también le gustó. Todo muy precipitado y difícil, aun así lo llegamos a ver en la misma ladera y no muy lejos, hasta tres veces, pero no tuve tiempo de meterlo en el visor.

En la aproximación al segundo de los rebecos. No conseguí tener opción real de tiro. 

Con ese último achuchón de rebecos nos despedimos de la jornada matutina y volvimos al Gut Keutschachhof. Allí, Andrea, nos había preparado un rico almuerzo para reponer fuerzas. Cristina y yo, que habíamos hecho más que méritos para ello, dimos buena cuenta de aquellos manjares austriacos. A continuación, y sin titubeos, caímos en la cama a descansar y así coger fuerzas para estar en plenas condiciones para la ilusionante tarde que teníamos por delante, y más aun después de la subida de adrenalina con la que finalizamos la mañana.

Tras la caminata mañanera, un buen almuerzo para reponer fuerzas en Gut Keutschachhof.

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