UA-111663215-1

UNA REHALA

UNA REHALA

No hay verdadera montería sin perros. Cuando se montea de verdad, es decir, con todos los elementos que el caso requiere, y entre ellos, y en lugar preeminente, varias rehalas punteras, éstas lo van diciendo todo. Lo van diciendo todo al que sabe escuchar, que no es fácil. Si sabe escuchar, aunque le haya tocado un puesto en que, por mala suerte, no haya tenido vista sobre el terreno, se habrá podido dar perfecta cuenta -siempre y cuando los perros sean de calidad- de todo cuanto ha sucedido en el día. Desde la hora en que se soltó hasta en la que se terminó la batida: de si ha habido interés o no, de si se ha tirado bien o mal, de si la caza ha corrido en dirección que convenía, de si se ha vuelto o de si no ha salido. En fin, de todo se habrá enterado y bien poco será lo que le puedan contar los que han tenido la suerte de presenciar el conjunto.

Veinte Años de Caza Mayor. Conde de Yebes.

EL PERRO DE REHALA

EL PERRO DE REHALA

El buen perro de rehala, sea cualquiera su clase, desde el puro podenco envelado y peliduro al de padres desconocidos y tipo inverosímil -que los dos pueden ser de punta-, requiere, entre otras, las siguientes características principales: fuerza, coraje, perseverancia, vientos y dicha. A cuál de ellas mas importantes, y si no las reúne es un perro incompleto.

Veinte Años de Caza Mayor. Conde de Yebes.

jueves, 5 de julio de 2018

Montear en Ruidera, otra nueva experiencia.

Al este de Ciudad Real se localiza el municipio manchego de Ruidera, perteneciente a la comarca del Campo de Montiel. Si por algo es conocido, es por sus bellísimas lagunas. En cabecera de las citadas lagunas, se localiza el nacimiento del río Guadiana. Además tiene una importante riqueza cinegética, su monte bajo es una maravilla para la caza menor, en cuanto a la mayor, con el paso de los años va creciendo, cogiendo cada día más importancia en la zona. Cada temporada va en aumento el número de monterías que se celebran en ese triángulo que conforman Villahermosa, Ossa de Montiel y Alhambra, y en cuyo centro se localiza Ruidera.

Camino de Ruidera, ilusionados por poder cazar con nuestros perros allí.

Lo teníamos claro, no debíamos perder la coyuntura estos primeros días de caza, aunque fuese lejos de Córdoba y tuviéramos que seguir haciendo un esfuerzo porque los perros se fuesen rodando. Toda ocasión que se nos pusiera a tiro había que aprovecharla. Supondrían días que ganaban los perros en su puesta a punto. Los perros se hacen cazando y teníamos claro que no queríamos desaprovechar ninguna oportunidad para que los perros cazaran. Con esta idea en la cabeza, cuando salió la opción de montear el día del Pilar en Ruidera, no lo dudamos, ni Cristina ni, por supuesto, un servidor.

En el término municipal de Villahermosa se localiza la mancha El Zahurdón.

Alberto, responsable de Cotos y Cacerías, mostró mucho interés en conocer los perros. Le gustaba ver trabajar cada temporada en el monte nuevas rehalas, ver el material de cada una e ir filtrando, año tras año, dentro de la amplia lista de rehalas que hay hoy día. Tras consultar con él donde pasar la noche, Cristina y yo, decidimos irnos a dormir a Ruidera y amanecer ya allí el mismo día de la montería. Por lo que fue, terminar de trabajar, organizar los chismes y partir hacía el Hotel Matias, donde Alberto nos recomendó pasar la noche.

La noche anterior la pasamos en el Hotel Matias de Ruidera. (Fb Hotel Matias).

Con la oscuridad que llegamos me fui imposible mostrarle a Cristina la belleza de aquellos parajes. Por mi etapa laboral en Confederación Hidrográfica del Guadiana, tuve la suerte de recorrerme las lagunas de cabo a rabo, conociendo parajes realmente únicos y lamentando, en cada una de las múltiples visitas técnicas que realicé, que aquella descomunal maravilla de la naturaleza no se haya mimado urbanisticamente con más celo. Fue pues, al día siguiente, antes de dirigirnos a la Perca Rosa, restaurante a orillas de la Laguna del Rey donde se celebraría la junta, cuando Cristina pudo disfrutar de la belleza de las lagunas y del conjunto donde se encuentran enclavadas.

Cristina disfrutando de la espectacularidad de las lagunas. 

Llegamos de los primeros a la junta, por ello tuvimos tiempo de tomar café tranquilamente, charlar con Alberto y disfrutar del espectacular paisaje que nos ofrecía la Laguna del Rey al amanecer. Nos dio tiempo hasta de comprar lotería, que por cierto fue el único pellizco que rascamos Cristina y yo la pasada Navidad. No teníamos dudas de que Angelillo llegaría bien, le expliqué con detalle el camino y si llegó hace unos días a Robledo del Buey, llegar a Ruidera era peccata minuta.

Cristina y yo con la Laguna del Rey de fondo. 

Monteábamos la mancha El Zahurdón, a la izquierda de la carretera que une Ruidera con Alhambra, antes de llegar al cruce que va a Carrizosa. Mancha típica de aquella zona. Monte bajo con abundantes chaparreras y característicos juniperus, poco quebrada, más bien llanota. Realmente me inquietaba conocer el desenlace de la montería, aquel terreno llamaba más a coger la paralela y colgarse la canana para ir tras la menor, que a lo que íbamos, a montear. Mientras cogimos fuerzas con el desayuno, y de que manera, charlamos con gente de la zona, afirmándonos que el crecimiento de marranos y cervuno en la zona estaba siendo tremendo en los últimos años. Me costaba creerlo, he de admitirlo.

Hambre no pasé en el puesto tras el tremendo desayuno. 

Por un día, y sin que sirva de precedente, fui yo el que metió la mano en el montón. Quería testar mi mano y echarla a pelear con la de Cristina, de la que tanto presume. Un cierre, el de la Era Vieja, el puesto número diez. Sin plano donde poder ubicar donde nos había tocado, fuimos en busca de José, nuestro joven y dispuesto postor. Se trataba del cierre de la mancha con el Parque Natural, la huida natural de las reses, pues en el Parque no se caza y es la madre de toda aquella zona. Sobre el papel, a pesar de mi escepticismo, no pintaba mal.

Alberto, rodeado de los postores, antes de dar comienzo el sorteo. 

Antes de salir nos dio tiempo a acercarnos a saludar a los perreros, Angelillo ya estaba allí con el resto, además una grata sorpresa, entre la cuadrilla, Santiago de Valdueza. Cristina y yo nos acercamos a las furgonetas, la salida de las armadas se estaba ralentizando y no queríamos perder la costumbre de ver nuestros perros antes de marchar al puesto. Finalmente iría solo, Cristina y su inseparable portátil tenían asuntos laborales que resolver y se quedarían en la terraza de la Perca Rosa sacando España palante.

Poniendo a prueba mi manita en el sorteo de El Zahurdón.

Tras un buen rato de polvoriento carril empezaron a quedarse los primeros puestos de mi armada. La ortografía de la mancha difería poco de lo que me había figurado, si acaso más llana aun de lo que imaginaba, o más bien deseaba. Mucho viso por todos lados, pocas barreras naturales entre puestos vecinos que siempre inquieta cuando no conoces a los que forman parte de la partida de caza. Los áridos barbechos se salpicaban entre unos puestos y otros, mostrando una estampa muy característica de la zona.
El número 10 del Cierre Era Vieja. 

Y llegamos al diez del cierre de la Era Vieja. A pie del carril, por delante una leve vaguada, con el cortijo El Ballestero justo en frente, al otro lado del regajo. Por detrás de los recios muros del cortijo, el puesto número once de mi armada. Puesto amplio, muy abierto, pero que no llegaba a disgustarme dentro de lo que había ido viendo en mi armada. El coche lo deje junto a las paredes del cortijo, saludé a los vecinos marcándole mi ubicación y me preparé rápido. Las reses debían correr hacia el Parque y mi intención era no perder la vista a esa querenciosa huida.

Desde mi puesto, un leve regajo y al otro lado el cortijo de El Ballestero. 

Las furgonetas de los perros pronto empezaron a sentirse, a lo lejos los primeros disparos. No había transcurrido muchos tiempo desde que había llegado al puesto y ya estaban llegando los perros a su suelta, mejor así. Entre las furgonetas que pasaron no iba la nuestra, Alberto no habrá podido cambiar las sueltas y no tendría la oportunidad de ver nuestros perros. Por el contrario, los valduezas soltarían delante mía y podría contemplar esas pinturas en el monte. A los que nos gustan los perros de rehala, verlos en directo, siempre es un bello espectáculo.

Tras el regajo, a lo lejos, el Parque Natural, la huida natural de las reses. 

No habían soltado aun y las primeras carreras se sintieron al otro lado del cortijo, reses buscando el Parque. El del once tiró en varias ocasiones. Únicamente pude ver una pelota de ciervas que ágilmente se escapaban de la guerra. Al rato, algo más enmontadas, otra piara de hembras que ponían también tierra de por medio. Sin soltar y mis expectativas estaban más que superadas, y por supuesto, la mano de Cristina cumpliendo.

Otra vista de lo que dominaba desde el número 10 de la Era Vieja. 

Con la siempre espectacular y preciosa suelta, las inmediaciones de mi postura se llenó de perros, valduezas en su mayoría. Que hechuras más monteras y que satisfacción me provoca ver este tipo de perro cuando cazó en La Mancha. Soy defensor de las razas típicas, históricamente, en cada zona de caza y lo que me gusta es disfrutar de cada tipo en las zonas en las que han sido característicos toda la vida de Dios. Esto de encontrarme con rehalas de podencos campaneros en los Montes de Toledo o cruzaos pesaotes en Hornachuelos, por poner un ejemplo, que poca gracia me hace. Aunque sea algo secundario, siendo lo importante que cacen, por supuesto, y me hagan disfrutar en el puesto con su trabajo, pero sinceramente, a mi esta globalización en cuanto al tipo de las rehalas no me hace gracia.

Suelta de nuestros perros en El Zahurdón.

Las ladras empezaron a sucederse y un gracioso tiroteo me hizo confirmar lo que me habían afirmado los propios de la zona, la población de la mayor estaba aumentando en el Campo de Montiel de manera considerable. Los puestos anteriores al mio tuvieron un rato de no parar de tirar, al final me confirmaron que una piara de marranos había roto por el limpio y habían formado allí la de San Quintín. Además algún venao también corrió por los limpios barbechos, sacando más tiros de la cuenta a algún puesto.

Uno de los valduezas que dio cara en el 10 del Cierre Era Vieja. 

En el diez del cierre de la Era Vieja, el que suscribe se entretuvo en fallar un marrano que se le coló por la espalda. Solo fui capaz de soltarle un tiro sucio de culo un instante antes de taparse. El mínimo charasqueo que sentí antes de escuchar la carrera debió ponerme en alarma, no le dí la importancia que tenía y la consecuencia fue que me lo comí y me ganó la vez. Al finalizar la montería trasteé el tiro pero nada, ni rastro de sangre. No estaba empezando fino la temporada y no había excusa, me lo tragué garrafalmente.

Recreación de como se me coló el marrano. 

Le conté al postor, que se interesó por como me había ido, mi error antes de partir hacía la Perca Rosa donde Cristina me esperaba deseosa de que le relatara el fallido lance. Intercambiamos pareceres con otros monteros mientras pizcábamos algo antes de irnos en busca de nuestra suelta. No había visto la furgoneta en ninguna de las sueltas por las que había pasado de vuelta y no conseguía contactar con Angelillo. Al pasar, en la junta de carnes las primeras reses, un par de venaos destacaban del resto.

Realmente precioso uno de los dos venaos de categoría que se cobraron en El Zahurdón.

Comentamos con Alberto el discurrir del día, volví a relatar como se me coló el gorrino (como llaman allí en la zona aquella a los marranos) y le preguntamos por nuestra suelta. Cuando íbamos en busca de Angelillo nos llamó para confirmarnos que ya estaba completo y que había disfrutado mucho con los perros y los marranos en ese monte bajo de chaparreras y sabinas, había pinchado hasta tres cochinos. La lejanía de la perrera no le animó mucho a pararse y sin pasar por la junta de carnes se fue para casa, nos quedaba a ambos un largo paseo hasta vernos en nuestras casas.

El segundo venao que destacaba en la junta de carnes también era magnífico.

Sin más, Cristina y yo nos despedimos de Alberto, no queríamos que se hiciera más tarde, estábamos muy lejos. Finalmente sobre el cemento unas quince reses, además algunas ciervas que también se podían tirar. Dos venaos preciosos destacaban sobre el resto de reses. Que alegría da ver un par de buenos venaos como aquellos dos cobrados en El Zahurdón, en abierto.

Siempre recordaremos nuestra primera montería en las lagunas de Ruidera. 

miércoles, 20 de junio de 2018

Sarna con gusto...en la comarca de La Jara

Y tanto que forzamos la máquina. El día anterior habíamos cazado en la frontera entre Badajoz y Cáceres. Esa misma noche, mi querida tía Marina se casaba felizmente en Córdoba, y al día siguiente, casi sin descansar, traspusimos a tierras toledanas, al norte de una de las tres alquerías dependientes del municipio de Los Navalucillos, concretamente en Robledo del Buey. Tuvimos que pedirle a un amigo, a Rafa El Yepas, que se viniera con nosotros y fuese el quien condujera mientras Cristina y yo intentábamos descansar.

Cristina posando junto al roll up de "Cinegética Luis Tano".

A partir de la Puebla de D. Rodrigo fue cuando nos empezamos a enterar de donde estábamos. Un café en Horcajo nos hizo medio espabilar, por delante el último apretón de kilómetros, aun quedaba pasar por las tres pedanías de Los Navalucillos: Valdeazores, Los Alares y Robledo del Buey, hasta llegar al lugar donde nos habían citado, más particularmente en La Cabrera. Allí, en esta coqueta casa rural, a pie de la nacional CM-4155, sería donde se celebraría la junta de Vallecasar, finca que monteábamos aquel caluroso día de octubre.

La junta se celebró en la casa rural "La Cabrera".

La primero que pensé, nada más bajarme del coche, fue si Angelillo iba a ser capaz de llegar hasta allí con las explicaciones que le había dado días antes. Era buena hora, entramos a la cafetería de La Cabrera para saludar a Luis Tano y hacer un poco de tiempo para llamar a ver por donde venía Angelillo. Él estaba citado algo más tarde que nosotros, como es habitual y lógico en las monterías de hoy día, perros y perreros agradecen este aspecto, si bien a los que nos gusta conocer las rehalas convocadas, alternar con perreros y echar un vistazo al "material" que traen en sus furgones, nos han quitado ese bonito rato antes de salir hacia los puestos.

Poco a poco fue llegando el personal al lugar de la junta. 

En seguida se vieron circular los platos de migas, el perol ya estaba en el salón y la cola no tardó en configurarse. Estos primeros y calurosos días, las migas cuesta más de la cuenta que entren, pero ciertamente, acaban cayendo. La copita de aguardiente posterior ayudó a que el nutrido desayuno se digiriese. Fuera del salón de La Cabrera, disfrutando de un espectacular paisaje, fue cuando le echamos el teléfono a Angelillo, la cobertura era escasa y apenas hablamos. No nos dio tiempo a preocuparnos, poco tardamos en ver nuestra furgoneta serpenteando a lo lejos. Un alivio, llegar hasta allí con la simple ayuda de un listado de pueblos no era sencillo.

Cristina pendiente del inicio del sorteo con la sierra del Castillazo de fondo.  

Un sencillo croquis mostraba, sobre la maquina de tabaco del bar, la disposición de las armadas. En cinco cierres y una traviesa se repartían los treinta y seis puestos con los que montearíamos. La mancha que íbamos a cazar era la "Umbría Castañuelo", una de las muchas manchas que posee la finca. El inicio del sorteo se hizo de rogar, a los que estamos pensando en los perros y el tremendo calor de estos primeros días, todo lo que pueda ayudar a adelantar las sueltas se agradece, mientras mejor condiciones tengan los perros durante la mañana, más y mejor van a trabajar.

Plano de la mancha "Umbría Castañuelo" de Vallecasar. 

Cristina fue, como de costumbre, la encargada de meter la mano para sacar el puesto. El 2 de la Traviesa de los Castaños, sobre el papel, mejor pinta imposible. Nuestro postor, que era además el guarda mayor de la finca, nos dio unas breves pinceladas del que iba a ser nuestro puesto. José, que así se llamaba, por sus comentarios, a los que hemos tratado con gente de campo como lo era él, nos delató que el puesto le gustaba, cosa que aumentó nuestra impaciencia por salir hacía la mancha.

Luis Tano dando las indicaciones previas al inicio del sorteo.

Tardamos en salir, era lógico, íbamos a traviesa y antes debía de cerrarse convenientemente la mancha,. En este rato intercambiamos impresiones con Luis Tano, aunque nervioso por darle salida a las armadas, en estos minutos que dan entre que sale una y sale otra, nos acercamos, Cristina y yo a pedirle que en medida de lo posible, nos echara nuestros perros. Prometió intentarlo cuando organizará las sueltas una vez nos hubiésemos marchado todos a nuestros puestos.

Nuestro puesto, el número 2 de la Traviesa Los Castaños.

La mancha estaba cerca, el acceso lo tenía muy cerca de donde se celebró la junta, desde allí una pista con bastante pino (a mi me recordó, salvando las distancias, a nuestra "querida" pista forestal de Villaviciosa) nos llevó hasta un carril secundario por el que se iba quedando mi armada. Nuestro puesto en una cañada, por debajo una cerrada curva del carril que habíamos traído y al otro lado del camino un bonito y apretado testero. Además, a nuestra derecha, y al otro lado del regajo de nuestra cañada, un sucio pinar con algún clarete. El guiño con el que se despidió José, el guarda y postor aquel día, tras indicarnos donde dejar el coche, lo dijo todo.

Sorteo de los treinta y seis puestos con los que monteamos la Umbría Castañuelo. 

Una vez acomodados, y mientras intercambiamos opiniones sobre el puesto, sentimos los primeros tiros. Las reses empezaban a moverse y los cierres estaba tirando, que buenas sensaciones transmite que ocurra esto. El ladrar nervioso de los perros, aun camino de sus sueltas, anunciaba que poco tardarían en abrirse las puertas de furgonetas y remolques. Un chorreo de tiros nos mantenía con todos los sentidos alertas, la suelta era inminente.

Cristina tuvo buena mano, el 2 de la Traviesa Los Castaños era fantástico.

Poco tardaron en aparecer los primeros perros, unos bonitos naveños, por nuestra izquierda. Casi de seguido, en la corona del testero ensolanado que dominábamos, dos perros nuestros, el Pirata y el Churrete que dan con unas ciervas que estaban allí encamadas, levantándolas y latiéndolas, en un lance que justifica muchos esfuerzos. Luis Tano, finalmente, había podido organizar las sueltas de manera que nos pudieran cazar nuestros perros. Solo ver la cara de Cristina disfrutando del lance y reconociendo, como reconoció al Churrete a lo lejos, compensan el esfuerzo de estar allí sin apenas haber descansado y llevando hasta allí los perros a cazar.

El Pirata fue uno de los perros que sacó las ciervas frente a nosotros.

Las reses se sentían correr y los vecinos tiraron en varias ocasiones, por el 2 de la Traviesa de los Castaños, nuestro puesto, un continuo ir y venir de ciervas nos mantenían en tensión en todo momento. Pronto tuvimos claro cual era la corrida de las reses, tenían dos pasos muy claros a la par que peliagudos, caso de que fuese un venao el que lo tomara. Uno de ellos porque cortaba la carrera que iba directa al siguiente puesto y otro porque estaba muy tapado entre pinos y monte.

Parte derecha de nuestro puesto, una de las corridas más claras de las reses.

De repente, tras una ladra por encima nuestra, varios disparos y un tropel que se nos echa encima por la cañada. Sentimos el inconfundible traqueteo de cuerna con el monte, acabando el arroyon con el rodar de un venao en el mismo regajo, a pocos metros nuestra. Los perros no tardaron en llegar y morder orgullosos y con rabia el venao que habían levantado y metido en alguno de los puestos próximos al nuestro.

Cristina y yo en el número 2 de la Traviesa Los Castaños.

Tras comentar el emocionante lance que habíamos vivido con el venao, sentimos como las rehalas que iban cazando por nuestras espaldas se alejaban continuando con su mano. Sin tiempo de relajarnos empezamos a sentir, también por nuestra espalda un leve ruido. En primer momento nos pareció un perro pero a medida que se fue acercando nos dimos cuenta que se trataba de un cochino. Intenté clarearlo en su huida pero cuando acordé estaba saltando ágilmente el carril sin que me diera opción ni siquiera, a encararme mi añejo Remington.

El cochino saltó el carril como muestra la recreación, sin tiempo para poder tirarlo. 

Perfectamente sentíamos la corrida del marrano mientras me preparaba para tirarlo en el testero que dominaba, mi sorpresa fue cuando por los mismos pasos que había traído el cochino antes de saltar el carril se sentía un ruidoso tropel. Una piara bajaba regajo abajo montando un buen escándalo. Me sorprendieron, dejándose ver en un cercano claro, en el margen contrario donde estábamos. Aproveché su descaro para soltarle un tiro al mayor de la piara, con el convencimiento de que a esa distancia acertaría. No fue así, lo fallé garrafalmente.

Donde pude clarear al mayor de la piara, lo tiré. 

Se armó, como era de esperar, la Marimorena, saltando el carril los cochinos por varios puntos diferentes sin que estuviese yo mi ágil para tirarlos de nuevo. Con el lío montado, el primer marrano que había saltado el carril solo, se escapaba sin ni siquiera haber sentido alguna bala cerca, no lo volví a ver. La piara si la esperé bien apoyado y con mil ojos puestos en el testero donde daba por hecho que asomarían. Y así fue, pronto empecé a ver moverse el monte, deseoso estaba de que algún claro me diera la oportunidad de poner a prueba mis apuntaeras, pues la distancia no era pequeña.

Donde pude clarear al mayor de la piara, volví a intentarlo, sin fortuna.

Y me lié de nuevo con el más grande, a ver si acertaba a echarlo a rodar. Realmente estaba lejos, unos 180 metros calculo.  Demasiada distancia para lo que yo reconozco como dentro de mis posibilidades de acierto. Además, para colmo, se me encasquilló el rifle después de los primeros disparos. Alguna de las balas se quedó cerca, pero únicamente eso, cerca. Lo que imaginé: que lo había fallado, me lo confirmó la rehala que pasó de vuelta transcurrido un buen rato, camino ya de su suelta. Por tanto, la esperanza de que pudiera haberle dado un sucio chasponazo y pudiese estar con un tiro rozón se disipó tras las voces del perrero, confirmándome que no encontraba rastro alguno por donde le indicamos que buscase.

Vista aérea del número 2 de la Traviesa El Castaño.

Torpeé, la verdad. Lo pensé nada más finalizar el lance y pasan los días, lo recuerdo, y me reafirmo en mi autocrítica. Las voces de Angelillo se sentían a lo lejos, estaba ya llegando a su suelta. La montería estaba acabada y nos asomamos al lugar donde pegué el primer tiro. Nada, ni rastro, como ya imaginaba. Me había cubierto de gloria, vaya manera de guarrear el puesto y con espectadores, que siempre escuece más...

Ya en la furgoneta, exhaustos tras una dura jornada en Vallecasar.  

La comida, en el mismo lugar que la junta matutina, en La Cabrera, pero antes paramos en nuestra suelta. Estos días primeros son siempre duros y la preocupación por saber como estaban los perros reina hasta que bajen las temperaturas y caigan las primeras aguas en la sierra. Angelillo estaba recién llegado y pronto nos tranquilizó, había puntos de agua por la mancha y los perros se pudieron refrescar durante la calurosa mañana. Intercambiamos pareceres sobre la jornada mientras fueron llegando perros, el Churrete precisamente, fue el último en dar la cara en la suelta.

Primeras reses en llegar a la junta de carnes en la casa rural La Cabrera.

Tras unas ricas habichuelas y con las tranquilidad de saber que habían llegado ya todos nuestros perros aguardamos la llegada de las reses, los buenos augurios del permanente tiroteo se vieron confirmados cuando fueron llegando las reses. Esperamos a que Luis volviera del monte para despedirnos y agradecerle el que hubiera contado con nosotros, teníamos por delante una buena cantidad de kilómetros y una necesidad imperiosa de coger la cama.

Luis Tano posando junto al plantel de reses cobradas en Vallecasar.

En el momento de partir, sobre el cemento unos quince venaos, ocho cochinos y algunas pepas. Un venao muy bonito y un sensacional marrano destacaban en el plantel, asentando así mi pasión por la caza auténtica, en abierto, y avivando la tremenda ilusión de pensar que algún día me tocará a mi.

Detalle de las magníficas navajas del marrano cobrado en Vallecasar. 

lunes, 28 de mayo de 2018

Puesta de largo en tierras pecences

¿Quién me iba a decir a mí que volvería por Valdecaballeros? Ya ha llovido desde que estuve allí actualizando concesiones de aguas para la Confederación Hidrográfica del Guadiana. Y más aún, ¿quién me diría a mí que por esas tierras sería donde iban a debutar nuestros perros? Pues sí, hasta allí traspusimos, Cristina y yo, con toda la ilusión del mundo, a menos de diez kilómetros de la divisoria con Cáceres. Licencia de Extremadura, kilómetros para los perros, kilómetros para nosotros y para colmo, pronto teníamos que estar de vuelta, teníamos boda familiar. Lo que hace la ilusión, lo que hace la afición.

La tarde de antes, Cristina y yo, camino de Valdecaballeros. 

Uno, lo piensa muy a menudo, y más echando la vista atrás mientras alimenta este blog. Que duro fue el inicio, que duro es descolgar el teléfono y pedir esa oportunidad, más aun, mientras mayor amistad o mayor confianza hay con quien está al otro lado del aparato. Había que lanzarse al ruedo y moverse, presentarse, y al menos, anunciar el paso que habíamos dado Cristina y yo. Así, quien entiende esta filosofía, la nuestra, y la comparte, pueda aportar un grano de arena, si lo desea, en la ilusión de unos locos como nosotros. Para unos añejos y bohemios de los perros como nosotros, esto es lo que más nos ha costado, pero con amigos y buenos aficionados a la montería, poco a poco, Cristina y yo, hemos ido haciendo camino. Desde luego, nadie nos mintió, no hubo quien nos dijera que sería fácil, y en efecto, no lo ha sido.

Al pasar la presa del embalse García Sola, a mano derecha.

Así, nos encajamos el viernes noche en la comarca del Cijara, en las inmediaciones del embalse de García Sola. Un nutrido y joven grupo de aficionados cordobeses haríamos noche, y su reglamentaria premontería en el hostal La Vaguada. Primera de la temporada, como de costumbre en las primeras fechas, tocaba madrugar de lo lindo y aunque el peligro de la sobremesa después de cenar era palpable, no tardamos en coger la verea del catre.

Dos jóvenes de Córdoba: Ponchi y Rafa, contaron con nuestros perros aquel día. 

Monteábamos La Mulera, una gran desconocida para muchos de los que estábamos allí. Para quienes nos gusta el campo, conocer una mancha nueva es todo un aliciente y La Mulera no lo sería menos. El sorteo se celebró días antes en el Club Hípico de Córdoba, con el fin de intentar organizar el cierre de la mancha en condiciones y además evitar grandes madrugones a quien salía desde Córdoba el mismo día de la montería y le había tocado en traviesa. Los perros debían estar, también temprano, en la báscula del pueblo, Valdecaballeros, desde donde partirían en bloque hacía la mancha.

Ponchi Herruzo y Rafa Merino celebrando el sorteo de La Mulera. 

Desde que Rafa, el Yepas, mi postor aquel día, me dejó en el puesto, Cristina se quedó trabajando con el portátil en el hostal, hasta que finalmente se produjo la suelta, pasó mucho más rato del previsto y con el calor cada vez más presente. La armada que me tocó, La Zarza, era el sopié de la mancha. La mancha, orientada a solana, de suave pendiente por delante de mí y con un largo llano, salpicado de chaparros, a mis espaldas. El número 7 lucía en la tablilla sobre un solitario lentisco, bastante retirado del monte. El grueso de la mancha, aunque muy distante, lo dominaba.

El número 7 de La Zarza, nuestro puesto en La Mulera. 

Desde que empezaron a entrar armadas, con los gemelos pude ver menearse las reses. Principalmente ciervas y algunos muflones, que los había si, corrieron por las bajeras de la mancha, pero muy retirados de mi postura. Un cúmulo de situaciones provocó que la suelta se produjera muchísimo más tarde de lo previsto, y los perjudicados los de siempre, perros y perreros. La suelta muy tarde, el calor apretaba de lo lindo cuando vi llegar las furgonetas a sus sueltas. Los nuestros, soltarían por frente mía, pero pronto entrarían en el monte y solo una inmensa y desagradable nube de polvo me fue delatando su discurrir.

Vista de la mancha desde el número 7 de La Zarza. 

Duro es poco, muy poco de hecho. Dos, tres carreras a lo sumo y el cazar de los perros pegó un lógico bajonazo. Muchas papeletas para que ocurriera algo así: suelta tarde, primer día de caza para los perros, mancha dura de monte y ensolanada, y poca presencia de agua para que se pudieran refrescar los perros. Demasiado hicieron perros y perreros, pues hubo carreras y tiros, muy repartidos estos por toda la mancha.

Localización de mí puesto desde la cuerda. 

Mi armada tiró, hubo algunos puestos retranqueados hacía la mancha, que fueron los que más aportaron al tapete final. En mi esquinazo, junto a una repoblación joven de pinos, únicamente corrieron ciervas que buscaban la huida hacía la Sierra de la Zarza, por cierto una  de ellas, la llevaba nuestro Flamenco y este, fue el mejor recuerdo que me traje de La Mulera. Cierto es que además vi un venao que se coló entre el cinco y el seis de mi armada y dio pie a algún divertido chascarrillo con los que ocuparon estas posturas. Entretenido estuve durante toda la mañana, la verdad.

Rafa Cañete cobró dos venaos, este de la imagen, precioso. (Foto de Ponchi Herruzo).

Con las rehalas llegando a las sueltas y como es de esperar con esas temperaturas, deseando de refrescarse en el camión y con, prácticamente la mayoría de los perros entregados junto a los perreros me recogió Rafa el Yepas, mi postor. En un carrito, bastante incomodo, fue recogiendo toda la armada y nos llevó donde habíamos dejado los coches. Sin pararme mucho, intenté contactar con Angelillo, le faltaba precisamente el Flamenco, que además lo volví a ver en mi ruta subido en el remolque del Yepas. No tardó en llegarle y pronto pudo llegar a descargar a la perrera y que los animales descansaran de un día tan desagradable para montear como lo fue el día de nuestro debut en La Mulera.

Uno de los muflones cobrados en La Mulera. (Foto de Ponchi Herruzo)

Recogí a Cristina en el hostal sin pasar por la junta y rumbo, a buen ritmo, para Córdoba. Ya tendríamos tiempo de hablar con Ponchi y Rafa, agradecerles el que hubieran contado con nuestros perros para su inicio de temporada, y que además nos detallaran el resultado obtenido en La Mulera, que finalmente fue de quince reses sin contar las hembras. Por delante, aun nos quedaba la boda de mi tía, y al día siguiente, importante madrugón, cazábamos en Toledo, cerca de Los Navalucillos, y eso está a un paseíto de nuestra casa.

Ponchi y Rafa, ambos de butano, junto a algunos de los monteros asistentes. (Foto de Ponchi Herruzo).

lunes, 16 de abril de 2018

Antoñín Roldán

Me cuesta la misma vida asimilar que te has ido, con la de buenos ratos que hemos echado juntos. De repente, de golpe y porrazo, has decidido que las manchones de aquí abajo se te habían quedado chicos y has tirado para arriba, para esa sierra donde tan buenos aficionados hay ya cazando, en lo más alto del cielo. Realmente no se lo a gusto que te vas a sentir allí, seguro que te van a cuidar bien, pero lo que si es cierto Antoñín, es que aquí te vamos a echar mucho de menos, empezando por Marisa, siguiendo por tus dos hijos y Enriquillo,  y acabando por la cantidad de amigos que dejas aquí.

En Hornachuelos, Antoñín Roldán con sus hijos, Enriquillo, y la que fue su rehala. 

Con la de veces que paso por la puerta, mira que llevaba tiempo sin parar por el taller a echar un rato con los Dalton. De ida, por lo justo que va uno siempre de hora, que lo hace desistir en desviarse y parar en su nave. A la vuelta, por la maniobra para acceder, que hay que admitir que quita las ganas, la contraquerencia cuesta, sobretodo a esas horas que suelo pasar, enmallado en busca del plato de comida. Ciertamente son excusas, a los amigos hay que hacer por verlos. Y lo es Rafalín "El Largo", su hermano, y lo ha sido, y mucho, el bueno de Antoñín.

Ricardo Barbero, Antoñín Roldán y El Cuca en una concentración de rehalas.

Con lo chicuelo que eras, pero que cabroncete fuiste siempre, adjetivo, con cariño, que te iba como anillo al dedo. Quizás ese aspecto fue el que hizo que nos lleváramos tan bien. Nos reímos mucho juntos y disfrutamos de momentos inolvidables, ratos que siempre recordaré. Así, a bote pronto, me acuerdo de las veces y veces que fuimos a tu perrera, a las espaldas de Villarrubia, donde tuviste aquella rehala de coloraos. Después ya se metió la Seguridad Social y Hacienda en esto de los perros, y consiguió aburrirte hasta conseguir que acabaras quitándolos. Una pepsi, una bolsa de patatas, una tripa de embutido, y allí que pasábamos las tardes de verano refrescándonos en la alberca y charlando de perros. La de marranos que hemos "matado" mientras nos dábamos un chapuzón.

Coloraos de la que fuera rehala de Antoñín Roldán.

Cazamos juntos varios días, pero recuerdo con cariño el día que monteamos El Cerrejón, o el infernal día de agua y aire que nos hizo en Suerte Alta, entre otros muchos que coincidimos en el monte. Nunca dejabas de pinchar y buscarnos las cosquillas a quien se acercaba por donde estabas, te hacías querer Antoñín. Cuesta mucho pensar en que no volveré a echar un rato contigo, en que no volveré a pedirte ningún favor, y lo que más me duele, que no fuimos juntos a ver jugar al fútbol a tu hijo Kevin con el C.D. El Higuerón, como tantas veces te prometí que haríamos cuando la temporada se hubiese acabado.

De concentración de rehalas en Almodóvar del Río.

No quiero dejar atrás aquel fin de semana que pasamos en la Venta del Charco, nos juntamos una buena cuadrilla y pasamos muy buenos ratos, ninguno de los que allí estuvimos, estoy seguro que siempre recordaremos esos días. Ni por supuesto olvidaré aquel susto en Intercaza 2012, cuando tuvimos que salir corriendo para el hospital por el percance que tuvo Kevin, tu hijo.

En la Venta del Charco, donde pasamos un fin de semana memorable

Sin más, desearte lo mejor allá arriba, que sigas haciendo trastadas con tus pirañas y mantengas a raya los marranos de esas otras manchas, como siempre presumías que hacías aquí, en tu jurisdicción, en las faldas de Córdoba. Dejas aquí muchos amigos, y muchos que te queríamos y que nunca te olvidaremos.

Descansa en paz Antoñín, descansa en paz Matacochinos.