UA-111663215-1

UNA REHALA

UNA REHALA

No hay verdadera montería sin perros. Cuando se montea de verdad, es decir, con todos los elementos que el caso requiere, y entre ellos, y en lugar preeminente, varias rehalas punteras, éstas lo van diciendo todo. Lo van diciendo todo al que sabe escuchar, que no es fácil. Si sabe escuchar, aunque le haya tocado un puesto en que, por mala suerte, no haya tenido vista sobre el terreno, se habrá podido dar perfecta cuenta -siempre y cuando los perros sean de calidad- de todo cuanto ha sucedido en el día. Desde la hora en que se soltó hasta en la que se terminó la batida: de si ha habido interés o no, de si se ha tirado bien o mal, de si la caza ha corrido en dirección que convenía, de si se ha vuelto o de si no ha salido. En fin, de todo se habrá enterado y bien poco será lo que le puedan contar los que han tenido la suerte de presenciar el conjunto.

Veinte Años de Caza Mayor. Conde de Yebes.

EL PERRO DE REHALA

EL PERRO DE REHALA

El buen perro de rehala, sea cualquiera su clase, desde el puro podenco envelado y peliduro al de padres desconocidos y tipo inverosímil -que los dos pueden ser de punta-, requiere, entre otras, las siguientes características principales: fuerza, coraje, perseverancia, vientos y dicha. A cuál de ellas mas importantes, y si no las reúne es un perro incompleto.

Veinte Años de Caza Mayor. Conde de Yebes.

lunes, 28 de mayo de 2018

Puesta de largo en tierras pecences

¿Quién me iba a decir a mí que volvería por Valdecaballeros? Ya ha llovido desde que estuve allí actualizando concesiones de aguas para la Confederación Hidrográfica del Guadiana. Y más aún, ¿quién me diría a mí que por esas tierras sería donde iban a debutar nuestros perros? Pues sí, hasta allí traspusimos, Cristina y yo, con toda la ilusión del mundo, a menos de diez kilómetros de la divisoria con Cáceres. Licencia de Extremadura, kilómetros para los perros, kilómetros para nosotros y para colmo, pronto teníamos que estar de vuelta, teníamos boda familiar. Lo que hace la ilusión, lo que hace la afición.

La tarde de antes, Cristina y yo, camino de Valdecaballeros. 

Uno, lo piensa muy a menudo, y más echando la vista atrás mientras alimenta este blog. Que duro fue el inicio, que duro es descolgar el teléfono y pedir esa oportunidad, más aun, mientras mayor amistad o mayor confianza hay con quien está al otro lado del aparato. Había que lanzarse al ruedo y moverse, presentarse, y al menos, anunciar el paso que habíamos dado Cristina y yo. Así, quien entiende esta filosofía, la nuestra, y la comparte, pueda aportar un grano de arena, si lo desea, en la ilusión de unos locos como nosotros. Para unos añejos y bohemios de los perros como nosotros, esto es lo que más nos ha costado, pero con amigos y buenos aficionados a la montería, poco a poco, Cristina y yo, hemos ido haciendo camino. Desde luego, nadie nos mintió, no hubo quien nos dijera que sería fácil, y en efecto, no lo ha sido.

Al pasar la presa del embalse García Sola, a mano derecha.

Así, nos encajamos el viernes noche en la comarca del Cijara, en las inmediaciones del embalse de García Sola. Un nutrido y joven grupo de aficionados cordobeses haríamos noche, y su reglamentaria premontería en el hostal La Vaguada. Primera de la temporada, como de costumbre en las primeras fechas, tocaba madrugar de lo lindo y aunque el peligro de la sobremesa después de cenar era palpable, no tardamos en coger la verea del catre.

Dos jóvenes de Córdoba: Ponchi y Rafa, contaron con nuestros perros aquel día. 

Monteábamos La Mulera, una gran desconocida para muchos de los que estábamos allí. Para quienes nos gusta el campo, conocer una mancha nueva es todo un aliciente y La Mulera no lo sería menos. El sorteo se celebró días antes en el Club Hípico de Córdoba, con el fin de intentar organizar el cierre de la mancha en condiciones y además evitar grandes madrugones a quien salía desde Córdoba el mismo día de la montería y le había tocado en traviesa. Los perros debían estar, también temprano, en la báscula del pueblo, Valdecaballeros, desde donde partirían en bloque hacía la mancha.

Ponchi Herruzo y Rafa Merino celebrando el sorteo de La Mulera. 

Desde que Rafa, el Yepas, mi postor aquel día, me dejó en el puesto, Cristina se quedó trabajando con el portátil en el hostal, hasta que finalmente se produjo la suelta, pasó mucho más rato del previsto y con el calor cada vez más presente. La armada que me tocó, La Zarza, era el sopié de la mancha. La mancha, orientada a solana, de suave pendiente por delante de mí y con un largo llano, salpicado de chaparros, a mis espaldas. El número 7 lucía en la tablilla sobre un solitario lentisco, bastante retirado del monte. El grueso de la mancha, aunque muy distante, lo dominaba.

El número 7 de La Zarza, nuestro puesto en La Mulera. 

Desde que empezaron a entrar armadas, con los gemelos pude ver menearse las reses. Principalmente ciervas y algunos muflones, que los había si, corrieron por las bajeras de la mancha, pero muy retirados de mi postura. Un cúmulo de situaciones provocó que la suelta se produjera muchísimo más tarde de lo previsto, y los perjudicados los de siempre, perros y perreros. La suelta muy tarde, el calor apretaba de lo lindo cuando vi llegar las furgonetas a sus sueltas. Los nuestros, soltarían por frente mía, pero pronto entrarían en el monte y solo una inmensa y desagradable nube de polvo me fue delatando su discurrir.

Vista de la mancha desde el número 7 de La Zarza. 

Duro es poco, muy poco de hecho. Dos, tres carreras a lo sumo y el cazar de los perros pegó un lógico bajonazo. Muchas papeletas para que ocurriera algo así: suelta tarde, primer día de caza para los perros, mancha dura de monte y ensolanada, y poca presencia de agua para que se pudieran refrescar los perros. Demasiado hicieron perros y perreros, pues hubo carreras y tiros, muy repartidos estos por toda la mancha.

Localización de mí puesto desde la cuerda. 

Mi armada tiró, hubo algunos puestos retranqueados hacía la mancha, que fueron los que más aportaron al tapete final. En mi esquinazo, junto a una repoblación joven de pinos, únicamente corrieron ciervas que buscaban la huida hacía la Sierra de la Zarza, por cierto una  de ellas, la llevaba nuestro Flamenco y este, fue el mejor recuerdo que me traje de La Mulera. Cierto es que además vi un venao que se coló entre el cinco y el seis de mi armada y dio pie a algún divertido chascarrillo con los que ocuparon estas posturas. Entretenido estuve durante toda la mañana, la verdad.

Rafa Cañete cobró dos venaos, este de la imagen, precioso. (Foto de Ponchi Herruzo).

Con las rehalas llegando a las sueltas y como es de esperar con esas temperaturas, deseando de refrescarse en el camión y con, prácticamente la mayoría de los perros entregados junto a los perreros me recogió Rafa el Yepas, mi postor. En un carrito, bastante incomodo, fue recogiendo toda la armada y nos llevó donde habíamos dejado los coches. Sin pararme mucho, intenté contactar con Angelillo, le faltaba precisamente el Flamenco, que además lo volví a ver en mi ruta subido en el remolque del Yepas. No tardó en llegarle y pronto pudo llegar a descargar a la perrera y que los animales descansaran de un día tan desagradable para montear como lo fue el día de nuestro debut en La Mulera.

Uno de los muflones cobrados en La Mulera. (Foto de Ponchi Herruzo)

Recogí a Cristina en el hostal sin pasar por la junta y rumbo, a buen ritmo, para Córdoba. Ya tendríamos tiempo de hablar con Ponchi y Rafa, agradecerles el que hubieran contado con nuestros perros para su inicio de temporada, y que además nos detallaran el resultado obtenido en La Mulera, que finalmente fue de quince reses sin contar las hembras. Por delante, aun nos quedaba la boda de mi tía, y al día siguiente, importante madrugón, cazábamos en Toledo, cerca de Los Navalucillos, y eso está a un paseíto de nuestra casa.

Ponchi y Rafa, ambos de butano, junto a algunos de los monteros asistentes. (Foto de Ponchi Herruzo).

lunes, 16 de abril de 2018

Antoñín Roldán

Me cuesta la misma vida asimilar que te has ido, con la de buenos ratos que hemos echado juntos. De repente, de golpe y porrazo, has decidido que las manchones de aquí abajo se te habían quedado chicos y has tirado para arriba, para esa sierra donde tan buenos aficionados hay ya cazando, en lo más alto del cielo. Realmente no se lo a gusto que te vas a sentir allí, seguro que te van a cuidar bien, pero lo que si es cierto Antoñín, es que aquí te vamos a echar mucho de menos, empezando por Marisa, siguiendo por tus dos hijos y Enriquillo,  y acabando por la cantidad de amigos que dejas aquí.

En Hornachuelos, Antoñín Roldán con sus hijos, Enriquillo, y la que fue su rehala. 

Con la de veces que paso por la puerta, mira que llevaba tiempo sin parar por el taller a echar un rato con los Dalton. De ida, por lo justo que va uno siempre de hora, que lo hace desistir en desviarse y parar en su nave. A la vuelta, por la maniobra para acceder, que hay que admitir que quita las ganas, la contraquerencia cuesta, sobretodo a esas horas que suelo pasar, enmallado en busca del plato de comida. Ciertamente son excusas, a los amigos hay que hacer por verlos. Y lo es Rafalín "El Largo", su hermano, y lo ha sido, y mucho, el bueno de Antoñín.

Ricardo Barbero, Antoñín Roldán y El Cuca en una concentración de rehalas.

Con lo chicuelo que eras, pero que cabroncete fuiste siempre, adjetivo, con cariño, que te iba como anillo al dedo. Quizás ese aspecto fue el que hizo que nos lleváramos tan bien. Nos reímos mucho juntos y disfrutamos de momentos inolvidables, ratos que siempre recordaré. Así, a bote pronto, me acuerdo de las veces y veces que fuimos a tu perrera, a las espaldas de Villarrubia, donde tuviste aquella rehala de coloraos. Después ya se metió la Seguridad Social y Hacienda en esto de los perros, y consiguió aburrirte hasta conseguir que acabaras quitándolos. Una pepsi, una bolsa de patatas, una tripa de embutido, y allí que pasábamos las tardes de verano refrescándonos en la alberca y charlando de perros. La de marranos que hemos "matado" mientras nos dábamos un chapuzón.

Coloraos de la que fuera rehala de Antoñín Roldán.

Cazamos juntos varios días, pero recuerdo con cariño el día que monteamos El Cerrejón, o el infernal día de agua y aire que nos hizo en Suerte Alta, entre otros muchos que coincidimos en el monte. Nunca dejabas de pinchar y buscarnos las cosquillas a quien se acercaba por donde estabas, te hacías querer Antoñín. Cuesta mucho pensar en que no volveré a echar un rato contigo, en que no volveré a pedirte ningún favor, y lo que más me duele, que no fuimos juntos a ver jugar al fútbol a tu hijo Kevin con el C.D. El Higuerón, como tantas veces te prometí que haríamos cuando la temporada se hubiese acabado.

De concentración de rehalas en Almodóvar del Río.

No quiero dejar atrás aquel fin de semana que pasamos en la Venta del Charco, nos juntamos una buena cuadrilla y pasamos muy buenos ratos, ninguno de los que allí estuvimos, estoy seguro que siempre recordaremos esos días. Ni por supuesto olvidaré aquel susto en Intercaza 2012, cuando tuvimos que salir corriendo para el hospital por el percance que tuvo Kevin, tu hijo.

En la Venta del Charco, donde pasamos un fin de semana memorable

Sin más, desearte lo mejor allá arriba, que sigas haciendo trastadas con tus pirañas y mantengas a raya los marranos de esas otras manchas, como siempre presumías que hacías aquí, en tu jurisdicción, en las faldas de Córdoba. Dejas aquí muchos amigos, y muchos que te queríamos y que nunca te olvidaremos.

Descansa en paz Antoñín, descansa en paz Matacochinos.

martes, 10 de abril de 2018

Es de bien nacidos...

Sí, todo lo que esta en nuestra mano, o casi todo, estaba hecho. Ahora por delante lo más difícil, buscar nuestro sitio dentro del calendario. Darnos a conocer y ser capaces de llegar a quien aun cree en esta filosofía de rehala y esta dispuesto, al menos, a ver nuestros perros cazar, conocer la profesionalidad de Angelillo en el monte y confiar en nuestro buen hacer en el puesto. Nos presentamos dando esos trazos, pedíamos con humildad una oportunidad a quien no nos conociera y que se acordara de nosotros quien conociéndonos, creía en nuestra idea de rehala y confiaba en la verdad de nuestros principios.

La Seca, descansando en la furgoneta después de cazar.

Mi habilidad mercante siempre fue nula, lo admito con todo el dolor de mi corazón, si bien estimo considerablemente a quien goza de este talento. Cristina, que conoce de mi sofoco, dio un paso al frente y se echó a las espaldas una fuerte carga en momentos de abatimiento, y con creces puso todo y más de su parte. El que suscribe solo tiene palabras de agradecimiento para quien, en momentos duros en los que parecía que nadie iba a confiar en nosotros, se echará la responsabilidad a la espalda y tirará del carro con ilusión y empeño. Nunca me cansaré de agradecer su esfuerzo en esta primera temporada.

Cristina junto a nuestros perros.

Y así, si no era por uno, era por otro, pero con emoción puedo presumir de que el mundo de la montería en Córdoba y limítrofes, Ciudad Real principalmente, nos ha acogido con mucho cariño y confianza. Aún se me humedecen los ojos recordando algunas inesperadas llamadas para pedirnos los perros para montear en esta pasada campaña, la primera como dueños de rehala. Aun siento como se me erizan los pelos acordándome de amigos y conocidos, que siendo como son buenos aficionados, y sabiendo de la dificultad de arrancar en esto de los perros, nos han abierto las puertas de su casa dándonos la oportunidad de poner en valor las tres patas del banco, que siempre aludió Olías, de una rehala: perros, perrero y propietario.

En un cortadero manchego, viendo asomar a nuestros perros. 

Desde el primer momento, no guardamos ni medio cartucho, y eso que el comienzo fue durísimo. Terrenos duros, temperaturas veraniegas y escasez de agua en la sierra, motivó un principio de temporada peliagudo para quienes se baten el cobre en el monte: perros y perreros. Los campeos, con las limitaciones que hay hoy día en este aspecto tan importante en un equipo de élite, como lo es una rehala, sirvieron para endurecer pulpejos, progresar en el aguante de la fatiga y provocar la adaptación de músculos y articulaciones a la actividad que se presentaba para los próximos meses.

Duro inicio, el terreno seco y sin agua en las manchas.

Campeos que además sirvieron para que los perros que no conocían la voz de Ángel, se hicieran a ella, y que los cachorros, y perros en general, se acostumbraran al nuevo vehículo. Asimismo ayudaron a ver los perros, qué importante es saber que encierra cada miembro de una rehala,  y avanzar en cuanto a conocer quien, verdaderamente, tenía justificada su posada y fonda, y quien desentonaba dentro del equipo.

La Víbora dando cara en la monda. 

Cada pata del banco desempeñó como mejor supo su misión, con una clara finalidad, que los perros cazaran cuanto más días mejor, claro esta sin renunciar a nuestros principios, y que en este, nuestro inicio, se descubriera un boceto de lo que con ilusión, afición y oportunidades podemos, y queremos, llegar a conseguir. Ahora, ya terminada nuestra primera temporada, poco a poco y en medida de mis posibilidades, y mi tiempo, os iré reseñando.

El Tamarón durante la pasada edición de Intercaza 2017.

No quiero cerrar este post sin enumerar una cariñosa y detallada lista de todos los que habéis puesto un voto de confianza en nosotros y nos habéis dado una oportunidad o nos habéis abierto las puertas de vuestras casas. Sin más, con la mano en el corazón os transmitimos nuestro agradecimiento a Ponchi y Rafa, al Tano, al Yepas, Alberto Ruidera, Billy, al Chaleco, Domingo, Diego y Miguel, los Arias, Edu L., Rafa P., Roberto, Parladé, Cabanillas, Aaron y Paco, Raul y Juan Candido, Giorgio, Antoñito, el Buitre, Perico, Porcuna, Gonzo, Adán, el Pelao, los Vilela, Aniceto, Pinilla, Treviño, Nono, Mohedano, Juan Carlos, Paramio, Pliego, Franco, Jesús C., Eulogio, Felix, Marchena, Amian, José Campiña, Alfonso y el Loco, Oscar, los Mellizos, Faillo, Martinaco, Manuel C., Arturo, los Cabello, al Tormentas, Pruden y Bernardino, Patricio, Pablo el Trochero, la Traviesa, Junco, Canillas, Aguilera, Diego GC., Casimiro, Cristobal, al Hipster, Joserra, Albertito el Flamenco, Eduardo P., al Piri, Emi, al Lobo, Alberto Cardeña, Muñoz Calero, Pepito G, Fernán, Pepa, Salado, Manolín, al Anchoa, los Roldanes, Currito, Verónica, Wicar, Tamaral, al Mandría, al Bernia, Enrique, Tomás, al Niño, Segundo y Manu.

Nuestros perros, cansados en la furgoneta, tras un día duro.

Sinceramente creo que estáis todos los que en esta primera temporada habéis puesto vuestro granito de arena para que hayamos conseguido algo impensable, que ni alcance a soñar para la primera temporada. Si alguien se ha quedado atrás, que puede ser, aunque lo dudo, le transito igualmente nuestro agradecimiento.

Cristina y Angelillo, con los perros detrás, antes de soltar. 

jueves, 22 de marzo de 2018

Nuestras señas de identidad

Aquel que, como es mi caso, lleva muchos años con esta ilusión de los perros en la cabeza, es lógico que haya dejado volar su imaginación más de una vez, en ocasiones con detalles secundarios pero ilusionantes dentro de lo que supone una rehala de perros. Estos detalles tienen la importancia que tienen, realmente poca, pues para mi una rehala es mucho más que lo que a continuación os detallaré, pero son distintivos que merecen una explicación, y sobretodo darlos a conocer.

Con trece años, apuntando maneras. El Cotillo, 25 de febrero de 1995.

Son muchas las bases que hay que asentar a la hora de arrancar. Los detalles de menos peso, seguramente sean los más populares y los que en ciertas ocasiones hasta de rabia tener que contestar, pues el mero hecho de ser capaz de preguntarlas ya desnuda el pelaje del curioso. Por desgracia es habitual que tras conocer que somos propietarios de perros, nos pregunten: ¿Cómo se llama vuestra rehala? No, nuestra rehala no se llama, tiene propietarios. La moda de nominar una rehala silenciando su propietario, es algo que nunca asimilaré. ¿Por qué? 


Nuestras chapas listas para ponerlas en los collares. 

Los cimientos estaban claros, muy claros. Los que me conocéis o sois fieles seguidores de este blog, sabéis de mi rancio concepto de rehala. Cristina y yo, desde el primer momento lo teníamos claro y decidimos, llegado el caso, morir con las botas puestas. Los perros son nuestro capricho y nuestra ilusión, nunca un negocio, y si nos embarcábamos de esta manera era para disfrutarlos. Formas de disfrutarlos hay muchas, no lo pongo en duda, la nuestra, sencilla de entender. Nuestra manera es teniendo la posibilidad de verlos cazar desde un puesto y defendiendo unas condiciones dignas tanto para Angelillo, nuestro perrero, como por supuesto, para nuestros perros.

Cristina, en la perrera, jugando con los cachorros. 

Con esos requerimientos, poco usuales hoy día, es normal que desde primera hora asumiéramos un nivel de exigencia superior, o cuanto menos equivalente. No sería la única razón por la cuál teníamos claro donde queremos llevar el listón, sino por afición, orgullo, vergüenza y ganas de achuchar. Con esos fundamentos claros, y la conciencia de que era nuestro primer año, nos tiramos a la mar (o al monte, que parece más propio). Perros, muchos y cazando, pero cazando, no espantando, el tipo ya llegará.

Sueltos en la amplia parcela de la perrera.

Un líder, Angelillo, absoluto en el monte y consensuado en la perrera. En el monte cazando, insisto, cazando. En la perrera con la suficiente responsabilidad, afición y conocimiento como para cuidar de nuestra rehala, la de Cristina y mía, como si fuese suya, asimismo coherente con el cuidado de nuestra furgoneta, la de Cristina y mía, que es su medio de transporte, y el de los perros. Humilde, exigente y trabajador, conocedor de la profesión y de su rol.

La caracola con el color de nuestra divisa.

Los defectos y las posibles virtudes, que como monteros y dueños de rehala podamos tener Cristina y yo, quedan para los que nos conocen o nos han dado la oportunidad de conocernos la pasada temporada. No es el propósito de este post pregonar nuestras faltas, ni mucho menos aclamar nuestras virtudes, simplemente presentar a los que no conozcáis nuestra filosofía. Nuestro propósito, sencillo, una rehala que cace (del verbo cazar, no espantar), haga disfrutar a los monteros y engrandezca nuestra montería, y por parte de Cristina y mía, educación, afición y saber estar en el puesto.

Cristina, una tarde de verano en la perrera. 

Lejos de querer hacer de nuestra rehala una ganadería de reses bravas, si hemos visto oportuno y, porque no decirlo, bonito, caracterizarla. Señal, hierro y divisa, como singularidades para diferenciar nuestra rehala. Siempre, desde muy pequeño, me ha gustado fijarme en los perros que me cazan y si sus faenas lo merecen, poder, gracias a su divisa, hierro o tipo, acercarme a su propietario en la merienda e intercambiar pareceres de lo visto desde mi puesto, o incluso relatarle algún lance, si ha sido el caso, protagonizado por ellos. Si desconozco el propietario, al menos tener los medios suficientes como para poder preguntar de quien son los perros con tal color de los collares, cual hierro en el costillar o en la furgoneta, incluso tal tipo de perros. Créanme, el comentario más insignificante hacía un dueño de rehala acerca de sus perros al finalizar la jornada, tiene, al menos para mi, más valor que las reses que haya podido cobrar ese día.

Con nuestros perros en los Jardines de Colón de Córdoba. 

Yendo por partes, empezare por lo que en el bravo se llama la señal, en este caso de un perro de rehala, quizás sea más apropiado hablar de tipo, aunque señal como tal, para mi, los nuestros, la llevan. Para no entrar en polémicas y en detalles hablaré del tipo de nuestros perros. Se tratan principalmente de podencos de talla grande, podencos que si tuviera que caracterizarlos con un adjetivo, este sería embastecidos. Fuertes, de pechos fornidos y de recios aplomos. Aspecto serio. Su andar en el monte y el aspecto de su jopo cazando, en mi opinión los singulariza. Además, lo complementan un incuestionable rejú de perros variopintos, que si son parte de nuestra rehala es por una sola razón; cazan.

El Tamarón, perro muy en el tipo.

El color de la divisa, es decir, el color de los collares: negro, y un solo collar. Si, negro, poco vistoso pero elegido a conciencia. Diferenciador por lo poco frecuente de su uso y serio dentro del despropósito que se ha convertido esto de los collares de los perros de rehala. Con cencerrilla si, nos gusta esa alegría en el monte a pesar de lo mucho que han hablado "eruditos de la materia" acerca del colosal perjuicio que provoca mermando los sentidos del perro para cazar.

Collar negro con cencerrilla, nuestra divisa. 

Por último el hierro, un hierro nuevo diseñado para este fin y que únicamente esta presente engalanando tres de las puertas de nuestra furgoneta. No fue sencillo decidirse, y mucho me costó conseguir el visto bueno de las partes implicadas, pero finalmente cuajó. Nuestro hierro es composición de las heráldicas de Cristina y mía, combinando ambas acerté a dar con él una tarde de inspiración y aburrimiento. Como he detallado, exclusivamente lo lleva nuestra furgoneta, nuestros perros no lo llevan en sus costillares, personalmente no me gusta tatuar los perros pero respeto quien lo hace.

Nuestro hierro y su procedencia. 

Y así, de esta manera resumida, detalló nuestras señas de identidad, quizás muchas de ellas muy superficiales pero en conjunto, la puesta en escena para nuestra primera campaña como dueños de rehala. De este modo os facilito el que nos reconozcáis a propietarios: Cristina y yo, perrero, Angelillo, y perros, y si llegado el caso nos encontramos, Dios lo quiera en la sierra, no receléis en acercaros y presentaros, y si os apetece hablar de perros, ni lo dudéis, es más, os agradeceremos que nos abordéis y lo hagáis.

Angelillo realizó un gran trabajo hasta dejar así nuestro vehículo.

lunes, 5 de marzo de 2018

El arranque de un sueño

Los inicios no son sencillos, nada nuevo que no sepa cualquiera que haya decidido emprender un nuevo proyecto en algún momento de su vida. En esto de los perros, exactamente igual. Cristina y yo, que aunque conservadores, valentía no nos falta, no tenemos otra ocurrencia que la de echar a andar nuestra rehala la misma primavera en la cual decidimos pasar por la vicaría. Ya que habíamos decidido liarnos la manta a la cabeza, lo hicimos con todas las de la ley.

Sueltos en el corral de la perrera. 

Tras tantear varias opciones una vez terminada la temporada, la decisión final, a día de hoy y esperamos que por muchísimos años, fue acertada. Nuestro concepto de rehala era sencillo y si algo teníamos claro era que cualquier pseudo o alternativa, ni la contemplábamos, ni la íbamos a acoger. Así, una tarde noche de primavera en Torrecampo le planteamos a Ángel Romero, Angelillo, el que a día de hoy es nuestro perrero, que teníamos, que necesitábamos y donde queríamos llegar.

Angelillo, campeando hace ya unos años. 

Pasó poco tiempo hasta que nos citamos de nuevo para darnos una respuesta. Con las ideas tan claras como Cristina y yo las teníamos, la decisión era más suya que nuestra. Y tras puntualizar alguna cuestión y tratar ciertas circunstancias que pudieran darse en el futuro, Cristina, Ángel, su mujer Pepa, y yo, echamos a andar. Por delante mucho trabajo, mucho sacrificio y sobretodo mucha ilusión.

Una buena alimentación de la rehala es imprescindible para su rendimiento.

De golpe y porrazo, Cristina y yo nos habíamos hecho con casi un centenar de perros (en su mayoría podencos), unos setenta y cinco adultos y veintitantos cachorros. Las casi dos docenas que traje yo de mi etapa anterior y el resto que habíamos comprado a Angelillo. La necesidad de comprar un vehículo, con la antelación suficiente para poder acondicionarlo debidamente para transportar perros de rehala, y lo que más miedo me daba, el menester de mover papeles con el tiempo de tramitación suficiente, para que llegáramos a principio de temporada con todo en condiciones. Lo más gracioso que estábamos a puertas de nuestra boda. Desde luego lo nuestro es afición.

Cristina rodeada de cachorros en la perrera.

Sin perder tiempo empezamos a buscarnos la vida. Todas estas cosas o las hace uno con su empeño y sus ganas, o nadie es capaz de resolverle a uno papeletas de esta índole. Eso si, además de agradecer a Cristina la comprensión y la paciencia que tuvo conmigo en estos meses previos a nuestra boda, en la que cualquiera se imagina lo fácilmente que saltaban chispas, debo agradecer al personal de la OCA de Pozoblanco y a Juan Cabello, veterinario y amigo, como me facilitaron la tramitación de tanto y tanto papel para dejar todo encarrilado antes de nuestro viaje de novios. De nuevo hago hincapié, el altar mayor para Cristina.

El Tildiriqui, un artista que pronto se ganó nuestra simpatía. 

Cambio de titularidad del núcleo zoológico (con todo lo que ello supone), cambio de nombre de las cartillas de los "nuevos" perros, búsqueda y compra del vehículo, acondicionamiento del vehículo, autorización del vehículo para transporte de animales, autorización SANDACH,...y ya, una vez de vuelta del viaje de novios: solicitud del NIRA, tramitación de licencia de rehala y sus distintas variantes según sea para Andalucía, Extremadura y Castilla la Mancha, alta en la Asociación de Rehalas de Córdoba, seguro de la rehala,...en fin todo lo que os pueda contar es poco.

Tras ver muchos vehículos, finalmente optamos por comprar esta furgoneta.

Con paciencia y fe fuimos dando pasos hasta que cumplimos el primer hito, que no era otro que estar con nuestros perros presentes en los Jardines de Colón de Córdoba en la IV Concentración Nacional de Rehalas. Para ello el último apretón fue intenso. Cartillas y micros al día, collares y chapas dispuestos., y furgoneta terminada y rotulada.

Una fotografía para el recuerdo. 

Y así fue, a modo muy resumido y sin entrar en detalle, como nuestra rehala se presentó a Córdoba aquel 1 de Octubre de 2017 en la Concentración de Rehalas organizada por la asociación de la cual formamos parte, la Asociación de Rehalas de Córdoba. Para la ocasión, Angelillo cargó quince podencos: Tudela, Fósforo, Gitana, Flamenco, Cantarero, Peluso, Tamarón, Pirata, Capacha, Pellizco, Milagritos, Mandarina, Soberbio, Silverio y Chaves.

Cristina y yo junto a nuestros perros en los Jardines de Colón.

jueves, 8 de febrero de 2018

Un chamois de honeymoon (y III)

El tosco sonar del despertador nos espabiló a la primera. Que fácil se hace el amanecer cuando la causa de tal despertar es venatoria. Pronto debíamos ponernos en marcha, el coche de Martin aguardaba en la puerta y había que aprovechar la tarde al máximo. Yo, siempre he creído más en las jornadas de mañana que en las de tarde, aunque si creíamos a Martin, y sus explicaciones, en cuanto al usual discurrir en los careos de los rebecos en la zona, era para partir hacia el cazadero ilusionado, como así fue. 

La pick up de Martin nos esperaba para partir hacía el cazadero. 

He de admitir que empleé más de la mitad del viaje hacía el área de caza en terminar de espabilarme, el silencio que reinaba dentro de la pick up delataba lo complicado de la hora. Costaba romper el hielo tras la intensa siesta (y más si había que romperlo en inglés). No fue hasta que pisamos camino terrizo cuando sentimos que el espíritu cazador se avivó. Estábamos ya entre el monte, y por delante se nos presentaba una tarde de caza muy ilusionante.

Espectacular en todo momento el paisaje austriaco. 

Martin tenía claro el plan, y así nos lo transmitió. Ese último rebaño que dejamos sesteando antes de nuestra retirada por la mañana, en la linde entre las dos áreas de caza, era nuestro principal objetivo. Pronto nos pertrechamos y pasamos a la acción, nada de rodeos, en linea recta, atravesando una cañada con dura pendiente, nos dirigimos hacía unas formaciones rocosas que nos permitirían examinar al detalle aquella piara. Duro fue ese inicio para nuestras piernas, al menos para las mías.

Iniciando el rececho: en busca del rebaño que vimos por la mañana.

Un clásico, asomarnos a donde dábamos por hecho que debíamos verlos y ni rastro, allí no había bicho alguno. Decidimos pues, abrir más el campo de visión y subir algo más por la ladera que optamos coger. En ello estábamos cuando entre los pinos se nos cruzó un corzo, Martin lo tenía controlado y sabía que andurreaba por aquella zona; me ofreció tirarlo. Era un ejemplar decente para aquella zona, muy viejo y con trofeo peculiar. Desistí de ello. Estábamos en lo que estábamos, y prefería hacer primero las tareas, ya habría tiempo de poner la guinda en caso de tener el pastel en la talega.

Intentando dar con la piara de rebecos que vimos por mañana.

Así pues seguimos a lo nuestro, continuamos recechando en busca del deseado chamois. El varapalo de no encontrarlos donde esperábamos no nos hizo mucha pupa, pues pronto en la lejanía divisamos varios ejemplares que nos hicieron aproximarnos para aclarar si eran machos o hembras. El ritmo de subidas y bajadas que acaecieron en minutos fue complicado de lidiar, mis rodillas sufrieron en los descensos como nunca antes, eso sí, estoicamente y sin gesto que me delatara continué la marcha.

Cristina recechando agilmente tras Martin.

Inmersos en esta montaña rusa en la que nos había metido Martin nos encontrábamos cuando, una de las veces que paré a echarme los prismáticos a la cara y trastear terreno (además de disimuladamente recuperar el resuello), dí con un rebeco pastando tranquilo en la ladera que se iba quedando a nuestra espalda. Plácido pastaba, estaba de culo y tardamos en esclarecer si merecía cambiar nuestra dirección. La ayuda del catalejo es esencial en estos casos, por ello Martin no dudo en montarlo y tras evaluarlo, confirmar que era un gran rebeco. Sin más, nos pusimos en marcha para ponernos a tiro.

Martin, evaluando el trofeo del rebeco con su catalejo. 

La entrada no era fácil, así nos lo transmitió Martin a Cristina y a mi. Teníamos que cruzar ligeros una vaguada de dura pendiente, y una vez situado en la misma cara del regajo que el rebeco, subir aguas arriba hasta poder ponernos a tiro. Todo ello sin dejarnos delatar, y sin tardar más de la cuenta. El cruzar aquella cañada lo recuerdo como lo más duro del rececho. Me sobraba toda la ropa y los goterones de sudor se deslizaban continuamente por mi frente, todo ello sumado al latir desenfrenado del corazón.

El paisaje que disfrutamos durante todo el rececho, espectacular.

Un breve paréntesis. Además de los rebecos alpinos, aquel cazadero era refugio de grandes venados, de esos de más de 10 Kg de cuerna y que parecen más caballos que otra cosa. De hecho, quizás sea este trofeo el que atraiga a más cazadores a esa zona del Tirol austriaco. Martin, nos contó que siempre ha sido una zona de muy buenos trofeos y que son muchos, y de muchas zonas del mundo, los cazadores que se han desplazado hasta su cazadero en la región de Carinthia en busca de este pavo tiroles. Tras este pequeño inciso, continuo con el fatigoso acercamiento al rebeco en cuestión.

Martin, siempre que tenía oportunidad aprovechaba para echarse los prismáticos a la cara. 

Una vez en la misma ladera que el chamois, tocaba coger aire y, como bien insistía Martin antes de cada movimiento, trazar "el plan". En aquella cara en la que nos encotrábamos, precisamente existía una torreta artesanal de madera, construida por Martin, la cual normalmente la utiliza para aguardar los venados en berrea. La primera idea que a Martin se le vino a la cabeza fue intentar asomarnos por ella para ver si con suerte dábamos vista al rebeco y además estaba a tiro. Y así procedimos, muy tapados por la vegetación arbórea y con un cuidado tremendo, para conseguir llegar a ella.

Martin subiendo a unas de sus torretas.

Una vez encaramados en todo lo alto, pudimos comprobar que esa opción era inviable, el desnivel del terreno y la arboleda no dejaban ver el animal, primera opción: K.O. El nuevo plan consistía en aproximarnos hasta tenerlo a tiro, con sumo cuidado, y todo lo que pudiéramos. De esta manera conseguimos ponernos a unos trescientos cincuenta metros. Martin me colocó el tripode, ese tripode que tan poca confianza me inspiró desde primera hora, y con el telémetro me afinó la distancia. Ciertamente ni me eché el rifle a la cara, sobrepasaba con creces los trescientos metros. Segunda opción: K.O.

El paisaje no nos dejó de impresionar durante todo el rececho.

Había que replantear el plan, y sin demora, pues cualquier imprevisto podría hacer que se moviera el bicho. En ello estábamos cuando Martin recordó la existencia de una segunda torreta desde la cual podríamos tirar el rebeco. Rápidamente nos dirigimos a ella. La estrategia era sencilla, llegar a pie de torreta, subirme despacio y si lo tenía a tiro, tirarlo. Esta vez, Martin las tenía todas consigo, sabía que desde allí lo tendría a tiro. Únicamente nos quedaba la duda de saber si cuando asomara la cabeza seguiría allí.

En una de las múltiples paradas que realizamos durante el rececho.

Martin, antes de llegar a la torreta nos pidió que únicamente subiera yo, que ni siquiera el llegaría hasta arriba, además le pidió a Cristina que se quedará a pie de torreta. Este último deseo fue, como es lógico, incumplido. Cristina, ya que no podía vivir el lance a mi lado, al menos quería estar viendo el rebeco en el momento del lance y a mi, realmente, me hacía muchísima ilusión que lo presenciará. Y así fue, finalmente tanto Cristina como Martin subieron detrás mía las escaleras de la torrera y a media altura, cuando ya divisaron el animal, se apostaron para ser testigos del desenlace de aquel emocionante lance.

Vista desde lo alto de la torreta. 

Al asomar en todo lo alto de aquella recia estructura de madera lo vi. Estaba tranquilamente echado sobre un manto de vegetación rastrera, y lo importante, no existía obstáculo arbóreo para el tiro. Martin me insistía con gestos desde la escalera que me tomará el tiempo que necesitará, que el animal estaba tranquilo. Me propuso el tirarlo echado, me negué, nunca me ha gustado tirar los bichos echados.

Desde la torreta, al fondo con un icono, donde estaba echado el rebeco.

Y me tome mi tiempo. Me acomodé en aquella pequeña caseta en altura, busqué un buen apoyo para el rifle y me conciencie de toda la teoría del ritmo de respiración y el gatillo mientras aguardaba a que se levantará el rebeco. Un tiro de algo menos de doscientos metros, en el límite de mi distancia de confort, que dicho de otra manera, en el limite de que acertar sea una total casualidad para las apuntaeras que manejo.

En la torreta, preparado, esperando que el rebeco se levante.

De repente algo impensable pasó. Por mi derecha, procedente del área de caza vecina, veo descolgarse, sin explicación ninguna, hacía nosotros, un venado grande como caballo de picar. El tropel se sentía como un mercancías. Dí por seguro que el rebeco se alarmaría con tal alboroto y cuanto menos se incorporaría. Me preparé pues quizás el levantarse y salir corriendo iba a ser cuestión de segundos, y lo fue. En el momento que se acercó, alarmado se puso en pie y fue cuando aproveché para tirarlo.

Con un icono, simulación del rebeco ya levantado. Ahí fue cuando lo tiré. 

A Cristina le sorprendió el tiro, me había pedido que la avisará antes de tirarlo, pero las circunstancias del lance provocaron que me fuese imposible avisarla. A pesar de no haberle dicho nada, tanto Martin como ella vieron el tiro perfectamente. El animal claramente lo acusó y corriendo se metió en una cañada espesa de monte donde se tapó y no lo vimos salir. Una vez calmados los nervios del lance, lo comentamos mientras bajábamos de la torreta.

Simulación de lo que hizo el rebeco tras el tiro.

La lógica nos decía que el rebeco debía estar en aquel arroyón. Ilusionados fuimos al tiro en busca de algún rastro de sangre, pero no encontramos nada. Martin nos dijo que esperásemos atentos a la ladera opuesta, el entraría en el arroyón a ver si daba con el pero debíamos estar atentos por si asomaba espantado por Martin. Lo minutos pasaban como horas, sentíamos a Martin trastear y de vez en cuando asomaba por la ladera opuesta, del rebeco nada. Una y otra vez vino al lugar donde lo perdimos de vista y volvía a adentrarse en la espesura. Cristina y yo nerviosos como flanes hicimos mil conjeturas, mi cenizo siempre se iba a lo más desfavorable: el siempre temido en este tipo de caza: pinchado y no cobrado. Para más inri, en la espera, conseguí dar con restos de pelo y algún trozo de carne. No había duda, iba dado.

Vista cenital del lance. La distancia fueron 178 m. medidos con el telémetro de Martin.

Martin no cesaba en andarse aquel regajo, aparecía y desaparecía una y mil veces. Mi instinto me pedía entrar en aquella espesura y junto a Martin, no dejar un rodal sin trastear, pero el insistía en que debíamos estar allí vigilando la ladera opuesta por si asomaba herido, que no traspusiera sin ser visto. Cristina y yo atacados. Realmente admito que tiré a asegurar, y más sabiendo el calibre con el que tiraba, quizás por ello el tiro no había sido tan efectivo como hubiera deseado, pero el rebeco tenía que estar allí. Los nervios a flor de piel. Yo soy tranquilo pero Cristina, que es un manojo de nervios, estaba para verla.

Precisamente nuestras caras de esa foto, por la mañana. no eran las que teníamos en esos momentos. 

De repente, desde lo hondo del regajo, sentimos la voz de Martin. Había dado con él. Como rayos bajamos en dirección hacía donde habíamos sentido su voz. A sus pies yacía un precioso rebeco, vaya animal más bonito, ciertamente espectacular. El trofeo de aúpa, que ganchos más gruesos y rematados, sensacional. El mimetismo de este animal, y la falta de fortuna, fueron la causa de que Martin tardará tanto en dar con el pues luego, nos admitió que había pasado varias veces por donde finalmente lo encontró pero no se había percatado de que estaba allí.

Precioso el rebeco, un animal bellísimo. El trofeo, espectacular.

Lo primero cumplir con esa preciosa tradición centro europea de rendir homenaje al animal cazado, culminado el ritual con el intercambio del famoso "Weidmannsheil". Con una ilusión tremenda nos hicimos muchísimas fotos, había sido un rececho muy emocionante, duro en ciertos momentos y en una zona de caza realmente espectacular. Para Cristina y para mi fue una cacería realmente inolvidable, nuestro rebeco austriaco siempre tendrá un lugar especial dentro de nuestras aventuras cinegéticas y al bueno de Martin siempre lo recordaremos como un profesional como la copa de un pino, un gran cazador y un sensacional anfitrión.

Cristina posando con Martin y nuestro rebeco austriaco.

El éxito temprano de nuestra excursión venatoria y lo a gusto que nos sentíamos en casa de los Neuper nos animó a quedarnos allí con ellos, aun sin salir a cazar ningún día más, el resto de días que desde primera hora habíamos previsto pasar allí cazando. Martin, Andrea y sus dos hijos nos hicieron sentirnos uno más de la familia y pasamos con su compañía unos días que nunca podremos olvidar. Hubo tiempo para conocer los castillos de la zona, visitar el pueblo de St. Veit an der Glan y disfrutar de los Alpes austriacos mucho más de lo que nunca podíamos haber imaginado.

Cristina y yo junto a nuestro inolvidable rebeco de los Alpes austriacos.