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UNA REHALA

UNA REHALA

No hay verdadera montería sin perros. Cuando se montea de verdad, es decir, con todos los elementos que el caso requiere, y entre ellos, y en lugar preeminente, varias rehalas punteras, éstas lo van diciendo todo. Lo van diciendo todo al que sabe escuchar, que no es fácil. Si sabe escuchar, aunque le haya tocado un puesto en que, por mala suerte, no haya tenido vista sobre el terreno, se habrá podido dar perfecta cuenta -siempre y cuando los perros sean de calidad- de todo cuanto ha sucedido en el día. Desde la hora en que se soltó hasta en la que se terminó la batida: de si ha habido interés o no, de si se ha tirado bien o mal, de si la caza ha corrido en dirección que convenía, de si se ha vuelto o de si no ha salido. En fin, de todo se habrá enterado y bien poco será lo que le puedan contar los que han tenido la suerte de presenciar el conjunto.

Veinte Años de Caza Mayor. Conde de Yebes.

EL PERRO DE REHALA

EL PERRO DE REHALA

El buen perro de rehala, sea cualquiera su clase, desde el puro podenco envelado y peliduro al de padres desconocidos y tipo inverosímil -que los dos pueden ser de punta-, requiere, entre otras, las siguientes características principales: fuerza, coraje, perseverancia, vientos y dicha. A cuál de ellas mas importantes, y si no las reúne es un perro incompleto.

Veinte Años de Caza Mayor. Conde de Yebes.

martes, 11 de septiembre de 2018

Estreno en nuestra tierra. El poder de la reunión.

Aquel primer día de caza en Andalucía, no tenía la menor duda de que sería especial. Siempre lo es, año tras año, temporada tras temporada y montería tras montería celebrada allí. Lo que para muchos de mi charpa supone volver cada año, difícilmente lo pueda entender cualquier aficionado nuevo. Y lo que para mi, personalmente, supone retornar y además en esta ocasión, llevando nuestros perros, no hay medios ni recursos para ser capaz de hacéroslo comprender.

Hace más de una década fue cuando echamos aquel manchón por primera vez. 

El primer golpe que le dimos a aquel manchón ensolanado, ligero de monte y con aparentemente poca madre, fue hace más de una década. Eramos una cuadrilla tremenda y cuanto menos peculiar, con una ilusión que solo en pequeñas excepciones he visto en estos últimos años de monte y sierra. Por supuesto, en aquella ocasión no cobramos nada, pero sentamos las bases del sano grupo de aficionados que temporada tras temporada reservamos el primer día que abre la veda en Andalucía para disfrutar de aquel pegote que tanto ha representado, en forma de éxitos y desengaños, en nuestra vida venatoria, al menos en la mía.

Perol de arroz, cucharón y paso atrás. Eran otros tiempos.  

Un simple llano, esquinado, donde no se molesten los encamaeros, una sencilla mesa de quita y pon, el aguardiente, la lista y un puñado de sobres. Una junta de las de antaño, sin parafernalias ni complicaciones, vamos a lo que vamos, y ya habrá tiempo al terminar de cazar para otros menesteres. Además los días de calor exigen reuniones tempranas y cortas, rápidos saludos, sencillo reparto de sobres, rezo de rigor y ligeros para la mancha. El avance de la mañana va en nuestra contra y sobretodo en la de los protagonistas de toda montería que se precie, los perros.

La lista del personal, los sobres y el aguardiente. 

Cada postura tiene un nombre, ya sea por la ortografía, por la vegetación o por una anécdota memorable vivida allí. En esta ocasión mi conocido interés en disfrutar de los perros y verlos cazar, me llevó un año más al puesto del Jaral. Un puesto de los que la moda de hoy denominan "natural". Un puntalete ensolanado, rodeado de jaras, donde unas rocas te elevan lo suficiente como para poder dominar los claros pedregosos que aun no ha sido capaz de tragarse el monte. La situación en la mancha y el ser el lugar donde rematan los perros antes de volver a su suelta, provoca que para mi tenga un especial atractivo. Álvaro lo sabe, y es por ello que me premia mandándome a menudo allí.

Mi puesto, más conocido como El Jaral. 

Tres rehalas serían las encargadas de poner patas arriba aquello. En los llanos que pegan con los pobres olivares de la linde, Paco Regalón de Adamuz cazaría solo mientras que en la otra suelta, dos rehalas: los urracos de José Luis Calderón y nuestros perros tendrían la misión de sacar lo que hubiera en la larga y apretada solana que constituye la verdadera mancha que cazamos Se montearía al choque, que precisamente se suele producir en mi postura.

Dos clásicos de la partida: Alfonso Muñoz de Verger y Luis Costa. 

Tras recibir las indicaciones de Álvaro, siempre acompañadas de alguna broma, y sin dejar de hacer hincapié en la precaución, el respeto por el campo, los perros y el resto de amigos que formamos la partida, el rezo y la salida de las armadas. Sin voces, acelerones, ni despistes el lugar de la junta quedó vacío, las rehalas aguardaban en un cruce de la carretera para molestar lo menos posible la mancha.

Atentos a las indicaciones previas a sacar las armadas.

Pronto estaba situado en mi puesto del Jaral, Cristina prefirió llegar a la merienda con otras amigas que también vendrían a media mañana. Allí encaramado, aguardé impaciente la suelta. Una suelta muy especial para mi, sin lugar a dudas una sueño se iba a hacer realidad aquel inolvidable 14 de Octubre de 2017. Con prontitud el silencio que reinaba en la mancha se vio alterado con la algarabía de la suelta y de momento las primeras carreras de los perros por los llanos de alrededor de la casa. Una cierva, zorreada, me sorprendió por el seco y áspero jaral que dominaba para ágil taparse y no volver a saber de ella.

Vista de la parte derecha de mi postura, el Jaral. 

Los que conocemos la mancha no tuvimos que esperar mucho para saber que no habíamos pillado los marranos dentro, los perros lo cantan en seguida. El trasteo de los perros por algunos de los puntos claves transcurría sin ladras ni tiros, y solo fue poco antes de llegar al final de la solana cuando los perros dieron con un marrano. El golpeo fue corto, la ladra arrancó rápido pero con mucha fuerza de perros detrás. No duro mucho, cuando salió tenia muchos perros encima y esa fue su perdición. Desde mi privilegiada localización lo disfruté con emoción y nerviosismo, mis perros estaban en ese fregao. Finalmente, entre los de Calderón y los nuestros, lo cogieron.

Dos de nuestros perros, los primeros en dar cara en el Jaral: el Churrete y la Avispa.

Eso fue todo, no salió nada más. Mi esperanza en que los manchones cortados albergaran algún guarro se desvaneció cuando vi asomar a mis espaldas los perros de Regalón. La vuelta de los perros no tuvo más historia, el calor y el estar aun en su puesta a punto hizo que pronto llegarán a las furgonetas. Una mancha coqueta y recogida que sino es porque se quede algún perro cortado por las telas del ganado no ofrece problemas para recoger y realmente no lo hubo.

Urraco de Calderón bajando por el duro pedregal del Jaral. 

La reunión, punto fuerte de este tipo de jornadas, fue sensacional. Amigos y buenos aficionados, algunos de ellos con los que coincido de año en año únicamente allí, hicieron que pasásemos un buen rato en el que se recordaron días memorables, lances gloriosos y anécdotas inolvidables. Ángel y nuestros perros, al recoger bien no tardaron en coger carretera para la perrera, había que descansar que al día siguiente cazábamos en Guadalmez y las manchas de aquella zona tienen un peluseo.

Muchos recuerdos y ratos inolvidables cobija esta mancha.

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