REHALA

REHALA

Por medio de este blog se pretende dar a conocer a todo aficionado al mundo de la caza y los perros,las rehalas que montería tras montería realizan esa labor tan poco valorada pero tan imprescindible en nuestras agrestes sierras.

UNA REHALA

UNA REHALA

No hay verdadera montería sin perros. Cuando se montea de verdad, es decir, con todos los elementos que el caso requiere, y entre ellos, y en lugar preeminente, varias rehalas punteras, éstas lo van diciendo todo. Lo van diciendo todo al que sabe escuchar, que no es fácil. Si sabe escuchar, aunque le haya tocado un puesto en que, por mala suerte, no haya tenido vista sobre el terreno, se habrá podido dar perfecta cuenta -siempre y cuando los perros sean de calidad- de todo cuanto ha sucedido en el día. Desde la hora en que se soltó hasta en la que se terminó la batida: de si ha habido interés o no, de si se ha tirado bien o mal, de si la caza ha corrido en dirección que convenía, de si se ha vuelto o de si no ha salido. En fin, de todo se habrá enterado y bien poco será lo que le puedan contar los que han tenido la suerte de presenciar el conjunto.

Veinte Años de Caza Mayor. Conde de Yebes.

EL PERRO DE REHALA

EL PERRO DE REHALA

El buen perro de rehala, sea cualquiera su clase, desde el puro podenco envelado y peliduro al de padres desconocidos y tipo inverosímil -que los dos pueden ser de punta-, requiere, entre otras, las siguientes características principales: fuerza, coraje, perseverancia, vientos y dicha. A cuál de ellas mas importantes, y si no las reúne es un perro incompleto.

Veinte Años de Caza Mayor. Conde de Yebes.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Pendolillas (Córdoba, Córdoba)


El día que se decide echarla, Borland sabe de sobra que no puede comprometerse. Hablo de Pendolillas, finca que en su día fue de Antonio Guerra Bejarano (hermano del famoso torero Guerrita), hoy de la familia Cañete, lugar donde se encuentran localizadas sus perreras. Se puede decir que se hallan a las afueras de Córdoba, en la carretera que une Alcolea con el puente Mocho. Allí, lindando con la finca El Capricho es donde tienen los borlanes su morada desde hace un par de años.

Portada de entrada al patio del cortijo de Pendolillas.

Pendolillas es un manchón en toda regla, no mucha extensión y con un pegote de monte limitado en parte por carretera y en parte por el pantano. Pillándolos dentro, estando el personal fino y con suerte, se pueden poner patas arriba un número gracioso de marranos. Perros hacen falta los justos, con que Joaquín eche en el remolque doce o quince valientes de contrastada solvencia tras los cochinos es suficiente para menear aquel apretón próximo a la presa del pantano de San Rafael de Navallana.

Aledaños del cortijo de Pendolillas el día del manchón.

La familia Cañete, propiedad de Pendolillas, con afición y buen hacer se encarga de preparar esta pichivata. Con mucha ilusión y haciendo las cosas como se han hecho toda la vida de Dios. Amigos y familiares se juntan con el claro propósito de pasar un buen día de campo, lo de menos el resultado y lo de más comerse un buen perol tras haber intentado con mayor o menor éxito, eso es secundario, poder cobrar algún marranete.

El rezo en Pendolillas.

Aquel día no se madruga tanto, Joaquín y yo pasamos primeramente por el cortijo de Pendolillas a saludar y desayunar con la familia Cañete para, tras el rezo y las indicaciones pertinentes, partir hacia las perreras y así cargar la docena larga de perros que con su buen hacer en el monte debían sacar los marranos de sus encames. Cristóbal Cañete prefirió acompañarnos rompiendo monte en vez de colocarse en puesto.

Finito, magnífico podenco de la rehala de D. Rafael Borland.

Con vista y sabiendo a quien iba soltando de los mosquetones, Joaquín fue cargando a Junior, Víctor, Finito, Peluso, Bicicleto, Chocolate, Perico...hasta poco más de una docena, no hacía falta más material y lo que iba en el remolque era cosa fina. Perros buenos e incansables con los marranos, no muy largos y ya cuajados con varias temporadas en su currículum montero.

Los borlanes aguardando la suelta en el remolque.

Muy ilusionado iba yo a Pendolillas, sabía que aquello no sería como otros días en las que el ir y venir de reses es continuo y los lances se van sucediendo sin receso. Iba convencido de que en un manchón como aquel podría ver trabajar los perros en condiciones, no se mezclarían ladras de varias rehalas, las voces de tanto perrero no evitarían poder seguir las carreras y en todo momento controlaríamos por donde van saliendo las reses. En días así es como de verdad se puede ver una rehala en el monte.

Preciosas las vistas de la mancha desde la solana.

Una vez en a la suelta, donde nos llevo el guarda, nos apretamos zahones y polainas mientras aguardamos que llegara el momento de abrir el carro a los borlanes. Debían estar todos los puestos colocados y la mayoría debían llegar hasta los mismos a pie, no había prisa y más sabiendo que aquello se anda rápido y fácil. El guarda confiaba en que salieran cochinos, en su quehacer diario por la finca eran bastantes los rastros con los que se había cruzado.

Instantes previos a la suelta en Pendolillas.

Una llamada telefónica nos alertó de que ya estaba la mancha cerrada, la suelta era cuestión de segundos. No fue tan espectacular como cuando los veintitantos borlanes saltan del camión, pero en Pendolillas la suelta también tuvo su cosa. Un primer tramo adehesado serviría de antesala a la verdadera mancha, una bonita olla, no muy apretada de monte pero con el suficiente agarre para, a pesar de tener tan próxima la carretera, poder guardar algún marrano en los apretones de lentisco y chaparreras que posee.

En esta ocasión, vistas desde la umbría.

La abundancia de rastros iban mostrando que lo lógico es que salieran cochinos, las hozauras eran frescas y los culpables de tal fechoría no debían andar lejos. Los de collar negro sobre fondo azul y collarín de la cencerra amarillo iban fenómenos, la meteorología acompañaba y unos perros ya curtidos, como los que venían aquel día, sabían de sobra lo que se traían entre manos. Daba la sensación que era cuestión de tiempo el escuchar la primera ladra.

La mancha estaba bastante tocada por los marranos.

El poco cervuno que albergaba la mancha salió rápido y así nos los señaló algún puesto por el que pasamos, menos molestia para los perros. Las paradas eran largas y continuas, prisa no teníamos ninguna y había que dejar que los berrendos de Borland no dejaran una mata sin registrar. El silencio que se sentía en la mancha era precioso, únicamente las cencerrillas de los perros alteraba esa paz reinante. Las voces de Borland eran muy pausadas, esos veteranos de su rehala con mil manos andadas en sus patas, no necesitaban de mucha jarana para trabajar a conciencia.

Joaquín Borland siguiendo el trabajo de sus berrendos en colorao.

De repente la primera ladra en lo hondo de la olla, Joaquín no tardó en identificar de quién era ese latir. Rápido llegaron los demás perros y se formo una buena, que cosa más bonita esa ladra larga corrida. Las voces alertando a las posturas y el jai jai de los podencos sonaban a música celestial entre aquellos cerros. Tras los disparos, los perros pronto de vuelta, había que seguir monteando.

Dando cara en uno de los puestos.

Dando cara a la solanilla empezó a moverse algo más la cosa, se sintieron ladras y disparos en varios puntos de la mancha y un marrano casi nos atropella al saltar de su encame en nuestras mismas narices. Listo y curtido en mil batallas, el cochino, que no era chico, se volvió buscando las caídas a la carretera y se marchó sin que nadie lo tirara. Una lástima porque los perros dieron fenomenalmente con él.

Buenas hechuras las de Finito.

Aquello se iba animando, los perros se veían frescos y trasteando cada palmo de aquel manchón. Los puestos por los que íbamos pasando estaban disfrutando, sino por haber visto algún cochino, por ver el trabajo incansable de los perros. Que diferente era montear así, que cosa más bonita poder controlar por donde van sonando las cencerras y ser capaz de diferenciar por el latir del valiente que perro era el que había dado con el cochino. En manchones de este tipo es donde deberían examinar a más de un perro y a más de una rehala de las que se pasean por la sierra.

Joaquín Borland junto a Bicicleto, siguiendo el trabajo de sus valientes.

El día se fue cerrando, el sol se tapó con las nubes y empezó a refrescar. Una neblina se apodero de la mancha cuando íbamos ya de vuelta para la suelta. Los perros seguían a lo suyo y hasta que no empezó Joaquín a llamar en un alto próximo a la zona de dehesa no dieron la cara. El día estaba echado, ladras se sintieron bastantes y parece ser que hubo más de una que se fue sin tirar. Los cochinos saben latín y en manchones así como no se les tengan muy bien pilladas las vueltas se salen por donde no hay escopetas.

De vuelta hacía la suelta, el manchón estaba finiquitado.

Era temprano y aunque algún rezagado tardó en llegar al remolque pronto estábamos completos. No eran ni las dos y mientras se recogían las armadas aprovechamos para ir a la perrera y descargar los perros, así dábamos tiempo a que todo el mundo volviera al cortijo mientras aprovechábamos para limpiar la perrera y dar de comer a los perros.

Borland tocando la caracola bajo la atenta mirada de Cristóbal.

Ya en el cortijo pudimos intercambiar opiniones con los allí presentes, las había para todos los gustos pero lo importante es que el día había salido genial. Los marranos habían dado la cara cobrándose finalmente dos o tres, los perros trabajaron muy bien y la paella que nos comimos estaba sensacional, hecho este ultimo que destacó al no quedar ni un grano de arroz en la paellera.

Días así, entre familia y amigos, son muy importantes para la formación todo futuro montero.

Manchones como el de Pendolillas son un chute revitalizador para los que disfrutamos con los perros en el monte y vemos la montería como una reunión de amigos dispuestos a pasar un día de campo con la excusa de apiolar algún bicho. Esperemos que siempre queden pichivatas, manchones o pegotes que nos recuerden cual es la verdadera esencia de esta forma de vivir el campo y los perros.

El colofón del día: la rica paella que nos tomamos en el patio del cortijo de Pendolillas.

4 comentarios:

  1. Genial entrada y bonitas fotos. Sobre todo ésta, que en el pié de foto reza "Joaquín Borland junto a Bicicleto, siguiendo el trabajo de sus valientes.". Muchas gracias a ti por haber venido a nuestra casa. No sabes que rabia me dio el no poder asistir este año.

    Si me permites, te sugiero una corrección. Pendolillas no fue propiedad de Guerrita (Rafael Guerra), sino de su hermano Antonio Guerra Bejarano, mi bisabuelo.

    Un saludo y ánimos con el blog!

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  2. José Antonio,

    Muchas gracias por los ánimos y por participar en el blog con su comentario. Fue todo un placer pasar el día en Pendolillas con su familia.

    Error subsanado, desde luego tiene delito que los haya confundido sabiendo como sé que Guerrita se llamaba Rafael.

    Un saludo,

    Rorry Barbudo

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  3. Preciosa crónica, me ha gustado mucho el modo y la forma de contarlo. Enhorabuena.

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  4. Muchas gracias, siento no saber a quien me dirijo por lo que agradecería que en lo sucesivo ser firmaran los comentarios.

    Un saludo,

    Rorry Barbudo

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